lunes, 19 de julio de 2010

Cap. 27 El destino nos unió...

Mi vida había sido, desde que comenzó la guerra, un embrollo de decisiones y acciones totalmente precipitadas. De pronto una guerra estalló y mi hermano, precipitadamente, se marchó; mi padre también se fue aunque no tuviera que hacerlo, nunca me había detenido a pensar en aquello, pero ahora que lo hago me doy cuenta de que si hubiera reflexionado un poco y hubiera dejado que el dolor pasara -no totalmente, nunca pasaría totalmente- tal vez se hubiera quedado con nosotras. Aunque si lo hubiera hecho, mi madre quizá no hubiera enfermado (y no es que me agrade que haya pasado) y yo no me hubiera tenido que ir a París; y por consiguiente tampoco hubiera conocido a Thomas...
En fin, el destino nos tiene deparado a cada uno de nosotros algo especial; podría decirse que cada persona tiene una "misión de vida".
Para continuar con mi reflexión: pues cuando se enfermó mi madre ella, de pronto, -pues si lo hacía de otra manera quizás no hubiera podido hacerlo nunca- me sorprendió con la noticia de que tenía una tía abuela en Paris y que quizás muy pronto tendría que vivir con ella. Otra acción precipitada.
Yo, precipitadamente, me marché sin pensarlo, sin mirar atrás... Aunque en mi defensa puedo alegar que no tenía otra opción.
En cuanto a Thomas, a mi parecer nada había sido más precipitado que la manera en que conocí a aquel muchacho que había dado un giro de 360° a mi vida con una sola sonrisa. En cuanto lo vi en la puerta supe que él era para mi; y poco a poco lo fui confirmando con su manera de ser y la manera en que nuestros ojos habían encontrado la manera de comunicarse ante la obvia negación de nuestros labios, pero luego me enteré de que no sólo le había salvado la vida a mi padre; sino que también había acompañado a mi hermano cuando el resto de los soldados habían decidido abandonarlo, y todo resquicio de duda desapareció entonces. Él era para mi. Tantas veces me había repetido esa frase en el último mes que al pronunciarla, aunque fuera mentalmente, un matiz de sentimientos extraños me invadían, y en ese momento no había manera de negarlo.
Quizá por obra del destino las anteriores decisiones "precipitadas" hubieran sido absolutamente necesarias, pues estábamos destinados a conocernos.
Él, precipitadamente, entró en mi casa y luego mi tía, también en una acción precipitada, lo había invitado a quedarse. Me enamoré de él -y no diré precipitadamente, pues cuando el corazón sabe que ha encontrado su otra mitad hay que hacerle caso, y la palabra precipitación sale totalmente de contexto-, fue inevitable. No estaba segura al cien por ciento de que él sintiera lo mismo por mi, pero creo que poco a poco lo he estado confirmando, y mis dudas se han ido disipando.
Tal vez, lo más precipitado que hice y haré en mi vida haya sido fugarme con Thomas hacia Suiza en busca de mi padre, pero jamás me arrepentiré de haberlo hecho. Y he ahí la ironía de la situación: las decisiones precipitadas pueden llevarnos por un túnel de agonías y de incertidumbre (como cuando se marchó Andrew y luego cuando murió mi madre) pero luego nos damos cuenta de que un poco de sufrimiento siempre es necesario, y quizá sea el precio a pagar, para que el destino nos muestre lo que nos tiene preparado. Cuando comprendemos eso, los anteriores sufrimientos que habían sido totalmente insoportables, ahora nos parecen lo mejor que nos ha pasado. Y si alguna vez no entendimos por qué la gente había tomado esta clase de decisiones, ahora nos es completamente claro.
Más irónico aún sería decir que no hay que precipitarse ante las decisiones precipitadas. Pero es totalmente cierto. Debemos dejar que la vida siga su rumbo, el destino se hará cargo de todo lo demás. No tratemos de cambiar nuestros destinos por el sufrimiento sentido antes de encontrar nuestro verdadero camino, la paciencia es la mejor virtud de el hombre y siempre debemos tratar de cultivarla pues, sin ella, no obtendríamos nunca la recompensa a las agonías sufridas anteriormente.
Ahí estaba yo, viendo mi vida pasar ante mis ojos mientras la gente a mi alrededor gritaba desesperada y lloraban desconsoladamente. Decidí no precipitarme por el camino al que me habían llevado las anteriores decisiones precipitadas, valga la redundancia. Traté de calmarme y escuché atentamente al encargado.
-Por favor mantengan la calma, se los pido. Debemos tranquilizarnos... todo va a resultar bien, pero primero deben calmarse.- en el rostro del hombre se veía que estaba a punto de llorar por la frustración; a demás su voz era a penas un susurro inaudible, tal vez por el miedo o por la misma sensación frustrada. No me había dado cuenta de que el hombre hablaba en francés, quizás fuera esa la razón de que algunos sigueran gritando. Tal vez eran extranjeros como nosotros y no conocían el idioma.
Thomas me envolvía en su férreo abrazo, pero esta vez no había apoyado su mandíbula en mi coronilla. Levanté la vista y lo miré a los ojos; nunca había visto esa mirada en él. Parecía aún más frustrado que el encargado, necesitaba instrucciones para salir de ahí y no las estaba consiguiendo.
-Thomas...-susurré, y de inmediato bajó la vista y me observó, de nuevo, tiernamente- ¿No crees que deberíamos ayudarlo? podríamos calmar a la gente o tu podrías preguntarle qué debemos hacer y luego decirlo en voz alta. Tiene la voz tan quebrada que no se le escucha.
-Yo... No debemos separarnos, no sé que pueda pasar.- parecía exasperado, y se estaba esforzándo por mantener la mirada dulce en el rostro.
-Bueno, entonces no nos separemos. Ven conmigo a hablar con las personas y luego iremos con el empleado. ¿De acuerdo? Hay que hacer algo Thomas, no detendrán el tren hasta que estemos informados.
-Pues...- se notaba claramente como en su interior se debatían el instinto protector que sentía hacia mi y el que podría sentir por aquellos inocentes que quizás morirían si no les dábamos nuestra ayuda.- yo... ejm... está... bien.
Le sonreí de oreja a oreja, y con un simple "vamos" nos pusimos en camino. Se había separado para dejarme caminar, pero no totalmente, y como la vez pasada había rodeado mi cintura con su brazo apretándome a su costado.
No había notado que había una pequeña niña abrazada a una mujer que debía ser su madre, no tendría más de unos cinco años y miraba confundida en todas direcciones mientras su madre sollozaba en silencio.
-Disculpe señora, necesitamos que se calme, así podrán indicarnos cómo salir de aquí y pronto todo habrá acabado...- me sentía estúpida, y las palabras salían atropelladas de mis labios. No sabía ni qué decir.
No me respondió; sus sollozos se hicieron más sonoros y pronto logró que la pequeña niña se asustara y también comenzara a llorar. Inmediatamente comprendí la frustración que debía sentir el encargado...
-Hola pequeña, mi nombre en Elizabeth.- dije ignorando a la madre- ¿Tu cómo te llamas?
Me miró con la duda claramente reflejada en el rostro, y entonces intenté en francés.
-Bonjour les petits. Elizabeth m'a appelé ¿quel est ton nom?
-Arianne- susurró bajito, mientras daba un respingo tratando de contener las lágrimas que brotaban incesantes de sus pequeños ojitos tan marrones como el chocolate.
Miré suplicante a Thomas, no sabía si mi francés pudiera funcionar tan bien con esta pequeña como con Marie, tal vez debido a los nervios o a que Marie comprendía que yo no hablaba su idioma y dejaba pasar mis errores.
-Hola, que hermoso nombre. Yo me llamo Thomas.- dijo con un perfecto acento francés y una encantadora sonrisa en el rostro- Necesitamos que te calmes para que el señor de ahí en frente pueda decirnos que hacer. ¿Cómo se llama tu mamá?- la pequeña niña miraba a Thomas mientras jalaba el vestido de su madre, que esta vez había dejado de sollozar y nos observaba atentamente.
-Me llamo Bianca.- dijo la mujer dirigiéndose a Thomas y apretando a su hija contra su pecho.
-¿Habla inglés?- preguntó Thomas, y me dedicó una mirada significativa.
-Algo- contestó, ya en inglés, pero con un marcado acento francés. Esta vez fui yo la que respondió, traté de hablar lento para que pudiera entenderme, y en algunas ocaciones me ayudaba con gestos de las manos o decía unas palabras en francés.
-Disculpe, necesitamos que mantengan la calma para que podamos salir de aquí. Es de suma importancia. Podría ayudarnos a manteniendo la calma, y si gusta podría ayudarnos a calmar a los demás.- Thomas estaba a mi lado, aún sujetandome; pero hablaba en un idioma que no comprendí con un hombre de barba rala y ojos negros como el azabache que estaba parado junto a la mujer y a la niña.
Bianca se limpió las lágrimas de las mejillas, y asintió levemente con la cabeza. Traté de sonreirle para infundirle valor, pero no me salió más que una extraña mueca. No se movió de su sitio, por lo que comprendí que no me ayudaría a calmar a los pasajeros, pero ahora al menos ella estaba tranquila.
Thomas tuvo un poco más de éxito que yo, y el hombre pronto se dirigió a el asiento donde una mujer bajita y rolliza gritaba incansablemente mientras su esposo trataba de contenerla. Me sentía envuelta en una burbuja, aunque a mi alrededor los gritos eran más que audibles, yo me mantenía en calma y trataba de apartarme de todo aquello para cumplir con lo que me había propuesto y salir de allí con vida.
-Era un alemán que ha aceptado gustoso ayudarnos- dijo Thomas mientras me sonreía tiernemente.
Caminamos hacia la mujer que había visto desde el principio cargando a un niño pequeño y envuelta en los brazos de su marido. Era la que más gritaba, y con sus gritos causaba que el bebé se desesperara aún más y llorara afanosamente.
-Hola señora, mi nombre es Elizabeth. Le rogamos mantenga la calma, necesitamos oír lo que el encargado tiene para decirnos.- probé primerp en inglés, y al parecer funcionó.
-Me llamo Charles, ella es mi esposa Christine, y él es nuestro hijo Aiden- el hombre se veía totalmente tranquilo, y presentaba a su familia sin ninguna prisa; como si estuvieramos en una situación totalmente normal. Me exasperó. No era momento de amables presentaciones.
-Pues mucho gusto, me llamo Elizebeth y el es mi...- ¿qué era Thomas para mi?- él es mi... compañero Thomas.- dije titubeando. Necesitábamos rapidez y con este hombre no la conseguiríamos.
Christine había detenido momentáneamente su llanto para observarnos inquisitiva. El pequeño bebé se acurrucaba contra el pecho de su madre aún llorando, y la mujer trataba ahora de consolarlo. Thomas les explicó la sutuación, y lo que necesitábamos que hicieran por nosotros.
La mujer no se movió ni un centímetro, aunque ya estaba más calmada, y sostuvo a su hijo aún más fuerte apretándolo contra ella. El hombre en cambio trató de ayudarnos a calmar a las otras personas.
Un cuarto de hora, un valioso cuarto de hora, fue lo que necesitamos para que el tran se mantuviera medianamente en silencio. Yo me había separado de Thomas -quien había aceptado a regañadientes- para ir a buscar a Matt que aún estaba al fondo del tren como paralizado.
-Vamos Matt, debemos oír lo que el encargado va a decir para poder salir de aquí.- él asintió con gesto ausente, y me siguió hacia el donde Thomas conversaba con el empleado. Esperé a que la boca del hombre que había recogido mis boletos se abriera, pero me sorprendió escuchar la dulce voz de Thomas hablando alto para que todos lo escucharan.
-Por favor, mantengan la calma. Ya van a avisar al conductor que puede detener el tren y nosotros saldremos por la entrada de la derecha -y señaló la puerta a la que se refería- pues está más cerca de las montañas y encontraremos refugio con más rapidez. Es de suma importancia que salgan en una fila y si empujar a nadie.- repitió el mensaje una y otra vez en diferente idiomas, y muy pronto la gente se encontraba formando filas para salir.
Un agudo chirrido indicó que el tren por fin había detenido su marcha, y poco a poco -para mi sorpresa nadie se precipitó a salir ni empujó a nadie- con ayuda de Thomas que había bajado primero, la gente fue apeándose del tren. Fui la última en bajar, después de Matt, y cuando me dispuse a saltar (el suelo estaba a una distancia considerable del tren) Thomas me alzó en vilo y me depositó cuidadosamente en tierra, no me soltó y me cubrió de nuevo en su abrazo. Me sonrrojé, una vez más.
No mas de veinte minutos habían pasado desde que cayó la última bomba, y aunque debieron haber caido muy lejos pues no habían causado daños considerables en los alrededores, el sonido todavía aturdía mi mente. La onda sonora que produjo, causó que algunas cuevas se derrumbaran, lastimosamente, en la oscuridad total que nos envolvía, nos fue muy dificil hallar una cueva decente y medianamente deshabitada -todas estaban llenas de insectos y quizás hasta serpientes- en la que pudieramos al menos pasar la noche.Thomas se separó de mi y dejó a Matt encargado de cudiarme para trepar por las montañas en busca de una cueva. Tardó bastante tiempo, pero por fin encontró una que era de su agrado; llamó a los demás y todos subimos. Los pasajeros, el conductor y el encargado avanzaban en tropel hasta el gigantesco agujero de roca que nos serviría de refugio, y una vez que todos estuvimos adentro Thomas volvió a hablar con su tranquilizadora voz.
-Bien, ahora debemos seguir en calma. Mañana buscaremos la manera de salir de este embrollo. Por ahora. ¿quién trae comida en su equipaje?- lo repitió una y otra vez en distintos idiomas, y luego algunas manos se alzaron tímidamente.
Matt había traido nuestras maletas, y nosotros teníamos algo de comida; muchos pasajeros dejaron el equipaje en el tren con la angustia por salir, y de los pocos que lo cargaron no todos tenían comida. Al rededor de seis manos seguían alzadas, y muy solidariamente todos cedieron la comida para que luego pudiéramos desayunar.
Avanzamos tanto que el tren se veía ya muy lejos, sólo una pequeña mancha azul y escarlata se distinguía del paisaje verdoso y gris.
Las estrellas brillaron con intensidad aquella noche, como si trataran de facilitarnos la difícil situación en la que nos vimos enrollados. Yo no podía dormir, pero Arianne y su madre Bianca dormían apoyadas en una pared de la cueva, mientras Aiden reposaba en los brazos de su madre, que al parecer no podía pegar un ojo y se sentaba en las piernas de Charles, su esposo.
Matthew conversaba con el mismo hombre al que había conocido en el tren, y muchas mujeres y hombres los observaban incrédulos, como si pensaran que hablar en aquellas circunstancias fuera una aberración. Pocos dormían, y los que consiguieron conciliar el sueño no estaban sumidos profundamente en el mundo de su imaginación, pues aún dormidos se los veía moverse intranquilos, y en algunos casos hasta susurrar palabras incoherentes.
Yo, por mi parte me acurruqué junto a Thomas, que había servido de traductor y prácticamente nos había salvado a todos. Los minutos pasaban lentos y aunque no había nadie más en el planeta con quien yo quisiera estar que no fuera Thomas, no precisamente estaba a gusto. No me agradaba para nada la idea de tener que pasar la noche en una cueva mientras un montón de aviones circundaban Francia lanzando armas mortales.
La gente ya no aguantaba el cansancio y poco a poco se fueron durmiendo, a exepción de unas cuatro personas que, como Thomas y yo, no consiguieron alejar de su mente los terribles recuerdos de lo sucedido.
El avión volvió, pero sólo pasó de largo sobre nosotros. El ruido fue aún más atronador que antes, pues volaba aún más bajo. Nadie se inmutó. La gente dormía, y algunos ni se dieron cuenta de que el avión había pasado. Yo traté de ignorarlo y concentrarme en que estaba con Thomas, la persona que para mi era algo así como mi 'destino'. Lo amaba con una locura intensa que no había sentido nunca, y por fortuna aunque no sabía si él sentía lo mismo, tuve la ligera sospecha de que al menos me quería. Parecía que un manto de tranquilidad hubiera cubierto a cada persona de la cueva, una atmósfera de sopor nos invadía; y a mi parecer era cientos de veces mejor que el terror que se había sentido anteriormente, aunque no era del todo agradable.
Había tomado la decisión de empezar a creer un poco más sus indirectas, la reflexión que había hecho en el tren me llevó a la conclusión de que el destino nos había unido, y que el que él estuviera conmigo era totalmente necesario. Mi amor por él creció mucho más, y me permití a mi misma creer que él sentía algo parecido. Quizás sin yo saberlo se lo habían dicho sus ojos a los mios en esas largas conversaciones que mantenían sin que nosotros pudieramos entender una palabra. Era uno de los pocos idiomas que Thomas no dominaba.
Me apoyé en su hombro aún acurrucada junto a él y muy bajito y sin mirarlo susurré:
-Te quiero.- no era la mejor manera de expresar lo que sentía, pero no podía ser tan evidente. Allí, encerrados en una cueva como nos encontrábamos, el comentario parecía un poco fuera de lugar; pero era totalmente sincero.
-Yo también.- susurró acercando sus labios a mi oído. Me besó en la mejilla y luego en la frente para luego volver a posar sus labios en mejilla.- Ahora duerme, que tenemos un largo camino por delante...
La verdad era que estaba muy cansada, y sin poder evitarlo me sumí en la oscuridad de mi mente. No pude adivinar si estaba viviendo un sueño espantoso o una hermosa pesadilla, y con ese pensamiento en mi cabeza me dormí más profundamente que cualquier persona que ahí se encontraba. Aún estaba acurrucada junto a Thomas, y esa noche él me sirvió de refugio para mis temores...

3 motivos para escribir(::

Samir dijo...

Este cap es el mejorr de todosss !! ES HERMOSOO!!<3 :)

Hiram dijo...

Madree geniaa!!!<3

Ariusk dijo...

Ah coinsido con las chicas un capi hermoso!! X Dios x fin se animo a ahablar de lo q sentia q lindos!! y triste todo lo q los envuelve pero espero todo mejore!!

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