lunes, 24 de mayo de 2010

Cap. 13 Fiesta "sorpresa"

Todas las noches dormía con mi nuevo osito de felpa. Cuando abría los ojos por las mañanas, lo abrazaba y lo ponía sobre la cama para que de nuevo en la noche fuera mi acompañante. Ya que mi tía al parecer estaba demasiado ocupada ultimamente, dediqué los últimos cinco días antes de mi cumpleaños a enseñar a Ricky nuevos trucos y maromas. Los aprendía todos sin mucho esfuerzo y realmemte rápido. Era un perrito muy inteligente, y no era porque lo dijera yo, que era su dueña. Muy pronto descubrí que al terminar de entrenar estaba tan cansado que no me despertaba por las mañanas.
Apenas me despertaba bajaba a buscar la leche y luego me quedaba un rato hablando con Marie para practicar mi francés. Esa semana desayuné con mi tía solamente una o dos veces.
Ponía verdadero empeño en que yo no me enterara de nada; y a decir verdad yo no oí nada de ninguna fiesta hasta la noche anterior al 6 de abril.
-Mi niña- me dijo con cara de emoción- me gustaría que te acostaras temprano esta noche para que mañana tengas las energías renovadas y disfrutes al máximo tu fiesta. El vestido ya está listo, le he pedido a David que lo cuelgue en tu armario.
-¡Oh tía muchísimas gracias! Por todo... Iré a buscar a Ricky y me voy a dormir de inmediato.
Le planté un beso en la mejilla y salí dando brincos por los pasillos. En el camino me encontré con mi querida bolita de pelos , que al verme tan contenta se emocionó sobremanera y me persiguió hasta mi habitación meneando el rabito.
No me atrevía a abrir mi closet hasta el día siguiente, así mi tía podría ver la sorpresa en mi rostro cuando me viera usando el vestido de mi madre.
Corrí rápidamente a la ducha y tomé un largo baño. Después de ponerme el pijama me acurruqué entre aquellas gruesas sábanas de seda y para mi sorpresa me quedé dormida casi de inmediato.
Soñé con mi madre; pero no era "mi mamá" sino una Elizabeth más joven, más parecida a mi tal y como la había visto en las fotos. Estaba en una casa y sólo cantaba y bailaba. Cuando miré bien me di cuenta de que era mi casa antigüa de Londres y de que mi madre llevaba el vestido que yo había sacado de su baúl...
En el sueño yo sólo la miraba. Creo que en ningún momento le quité la vista de encima.
Cuando ya llevaba mucho tiempo observándola, ella dio un giro muy grácil y quedó parada frente a mi. Sonrió ampliamente y me dijo:
-Mi niña, no sabes lo orgullosa que estoy de ti...
Me desperté sobresaltada y me di cuenta de que mis ojos estaban húmedos. Sequé con rapidez mis lágrimas y me senté al borde de mi cama. Ya era de día... ¿Que habría sido aquel sueño? ¿Me estaría hablando realmente mi madre o era tan sólo un producto de mi imaginación?
Si soy sincera, jamás supe las respuestas de ninguna de esas dos preguntas.
Miré a mi alrededor todavía desorientada, muy pronto tuve los ojos de Ricky a centímetros de mi rostro. Seguramente me habría oido despertarme y me quería venir a felicitar. Me lamió numerosas veces el rostro y después de: "ladrar" en señal de aprecio me lamió, de nuevo.
Salí de mi habitación aún en pijama y descubrí a David y a mi tía tratando de subir a hurtadillas por las escaleras quizás para despertarme.
Como no me vieron no quise romperles la ilusión y volví a acostarme en mi cama con las sábanas tapandome hasta la cabeza para que mi gesto no me delatara.
Tenía razón. Después de unos pocos segundos pude oír cómo habrían la puerta y se acercaban a donde yo me encontraba "duermiendo".
-FELIZ CUMPLEAÑOS- Gritaron al unísono. Realmente me sobresalté, pues no esperaba tanto ruido. Mi actuación fue perfecta.
-¡Gracias! ¡Muy buenos días!
Mi tía Lynette se acercó a mi y como siempre que me abrazaba, sentí que mis ojos se salían de sus órbitas. David me abrazó también, pero el fue un poco más cuidadoso, como para no partirme los huesos tal y como parecía que mi tía quería.
A lo largo de la mañana nadie dejó de felicitarme. Habían algunos criados de los que ni siquiera me acordaba y de pronto me encontraba abrazándolos y dándoles las gracias emotivamente.
Resulta que Marie me había preparado una torta para el desayuno, como anticipación de la que tendría en mi fiesta de aquella noche. Cuando traté de ir a recoger la leche, mi tía me dijo que Marie lo había hecho ya; que hoy era mi día especial y que no tendría que hacer nada.
Entre los más destacados de mis regalos se encontraban unos aretes de diamantes con un collar que le hacía juego, una pila de los libros que yo moría por devorar páguna a página desde hacía varios meses y el hermoso vestido que mi tía había querido que yo usara aquella noche... Era realmente bello, pero no le llegaba a los tobillos al de mi madre. Tal vez fuera sólo por razones sentimentales, pero eso era lo que yo creía.
Cuando ya todos me hubieron saludado y felicitado, mi tía me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de que me preparara.
Subí a mi cuarto y tomé un largo baño de espuma. Después de esto me dirigí a mi closet y abrí la puerta...
Ahí estaba el vestido de mi mamá.
Era totalmente perfecto, y mis ojos se llenaron de lágrimas mientras yo estaba parada ahí, en soledad pasando mi primer cumpleaños sin mi familia...
Traté de no perder la compostura. Sequé mis ojos y tomé aquel hermoso vestido.
Lo puse frente a mi y lo observé largo rato.
Al ponermelo noté que me quedaba como un guante; casi como si lo hubieran hecho a la medida. Me miré en el espejo y mi corazón dio un vuelco...
Me veía realmente hermosa... Sin ánimos de presumir, pero era cierto. Parecía una de las princesas de mis historias; es más, era mas bella que ellas. Mi cabello todavía estaba un poco húmedo, pero los dorados bucles que llegaban hasta mi espalda caían sobre mis hombros y enmarcaban mi rostro de finas facciones haciendome ver verdaderamente encantadora. El color del vestido, de un rosa pálido, resaltaba el color verde esmeralda de mis brillantes ojos.
Justo cuando me disponía a girar ligeramente para observar el vestido desde distintos ángulos mi tía entró en la habitación.
Se le cayó el alma al suelo apenas me vio. Al parecer ella también había notado que era la copia exacta de mi madre.
De sus ojos brotaron unas pocas lágrimas, quizás lágrimas de alegría o tal vez aquellas lágrimas que emanan de tus ojos cuando reprimes el sufrimiento demasiado tiempo y, cuando te parece que los recuerdos ya no te dejaran en paz, recorren tu rostro con el amargo sabor de la tristeza y la añoranza.
Cerró ligeramente sus ojos y con el dorso de la mano secó las cristalinas gotas que al humedecer sus mejillas la hacían parecer veinte años más jóven.
Expresó en voz alta lo que yo había estado pensando cuando comentó que me veía igual a mi madre.
Colocó tan solo un broche en mi cabello, formando una media cola y ordenando esmeradamente cada uno de los bucles de oro. Le pedí que no me maquillara, yo quería lucir totalmente natural, al lo que ella no se negó pues nunca se negaba a lo que yo pedía.
Oí a lo lejos que en el salón de abajo los murmullos se hacían cada vez más intensos y una suave música de fondo impregnaba el ambiente de hermosas melodías. Con cada nota mi rítmo cardíaco se iba acelerando, y cuando bajé por las escaleras acompañada de mi tía el impacto fue tal que tuve que detenerme un momento a tomar aire.
La decoración era perfecta. Rosas blancas y los pétalos de las mismas se podían observar en cada rincón dle gran salón. Listones blancos de tela de razo rodeaban el pasamanos de la escalera y la puerta que daba hacia el jardín estaba abierta causando un efecto de "cuento de hadas" pues por todo el cielo se veían pequeñas lucesitas que parecían luciérnagas y que iluminaban cada centímetro del jardín. Podías observarlas con facilidad aunque fueran apenas las seis de la tarde y la oscuridad aún no hubiera llenado por completo el cielo.
En el preciso instante en que bajé las escaleras hasta el pundo de hacerme visible para mis invitados el aire se llenó de susurros y comentarios de admiración hacia mi apariencia.
Una total alegría llenó mi cuerpo y me sentí la persona más especial de toda Europa aún en las circunstancias en las que estaba.
La noche fue ideal, tal como mi tía la había descrito. Los pocos invitados que habían podido acudir eran los vecinos y algunos de los criados que vivían conmigo.
Ricky correteó de un lado para otro brincando sobre los invitados con el lazo azul que yo le había atado justo antes de salir de mi cuarto.
Yo nisiquiera había almorzado y a mitad de la noche mi estómago comenzóa gruñir; así que me dirigí a la mesa de la comida y quedé impactada por la variedad y exclusividad de todas las botanas que mi tía había mandado a preparar.
Fue una de las noches más perfectas, aunque no habían muchas personas con mi edad, los amigos de mi tía eran realmente divertidos. Me presentó a cada uno de los vecinos y nadie dejó de lanzarme un piropo o darme un agradable comentario acerca de mi aspecto.
David me dijo que parecía una princesa y recordé aquella princesa de mi cuento que encontraba a su príncipe -que la venía a rescatar de sus desdichas- y no me sentí ahora para nada identificada con ella. Yo era la persona más feliz del mundo, no podía quejarme de nada. Lo tenía todo... Bueno, "casi" todo. Me faltaba mi familia... Pero nada se podía hacer, y lo hecho hecho está. Mantenía las esperanzas de que muy pronto regresara mi padre para así poder mostrarle y tambié contarle todo lo que había vivido.
Traté de no pensar más en ello por esa noche. Después de cantar cumpleaños y de que todos me dieran un abrazo o un fuerte apretón de manos las personas allí presetes empezaron a irse.
Muy entrada ya la madrugada se fue el último invitado y aunque estuviera muy cansada, mi tía se quedó hablando conmigo por un rato acerca de todo lo vivido aquel día.
-¿Te ha gustado tu fiesta "sorpresa"?- dijo haciendo hincapié en esa palabra (ya que las dos sabíamos que no era ninguna sorpresa que tendría una fiesta).
-El verbo gustar se queda corto tía, ha sido perfecto. La verdad si estaba sorprendida. La decoración parecía irreal y todos eran tan agradables... Gracias tía, gracias por todo- le dije por tercera vez desde que nos conocíamos y luego la abrazé fuertemente. Dormí en las nubes aquella noche, con la esperanza de pronto dejar atrás mis sufrimientos por completo.
Tome al osito entre mis brazos y con Ricky a mi lado dormí plácidamente, dentro de una burbuja de fantasía que nadie, absolutamente nadie me podría pinchar.

sábado, 22 de mayo de 2010

Cap. 12 Recuerdos...

Sentí algo húmedo en mi cara, y luego algo peludo que caminaba encima de mi cabeza. Abrí los ojos y vi a Ricky mirandome con ternura. Una ojeada a la mesa de noche me indicó que era todavía muy temprano. ¡Me había vuelto a despertar a las seis de la mañana ese condenado perro! ¿Debería castigarlo para que no lo hiciera más? No, yo era incapaz de castigar a aquella bolita de pelos que hacía mis días más felices y brillantes de lo que nunca fueron. Lo tomé en mis brazos y lo miré a los ojos todavía con cara de confusión por aquel inesperado saludo matutino.
-¡Oh Ricky! ¿No tienes remedio verdad?- en respuesta a mi pregunta emitió un suave sonido que se oía más como un ronroneo que como un "ladrido" (era muy cachorro todavía para ladrar) y me lamió la cara, otra vez.
Después de abrazarlo, lo acosté en su camita -que se encontraba al pie de la mía- para que no volviera a despertarme. De inmediato profirió un leve gruñido en señal de disgusto y de un brinco subió de nuevo a mi cama. ¿No se podía quedar quieto ni un segundo? Como si hubiera leido mis pensamientos y quisiera contestar a mi pregunta, volvió a avalanzarce sobre mi y me lamió el rostro, una vez más.
Desistí de mi intento de dormir un poco y bajé de mi cama para ponerme las babuchas e ir a saludar a Marie en la cocina. Mi tía debía estar dormida todavía, así que mientras se despertaba iría a la biblioteca a terminar el libro que había estado leyendo desde hacía una semana.
Marie me saludó con mucho cariño al igual que todos los días. La casa estaba muy silenciosa -ya que casi todos estaban duermiendo aún- así que aproveché ese silencio para concentrarme en mi lectura. Al parecer Ricky quería acompañarme a leer, pues iba detrás de mi meneando el rabito de una forma bastante cómica.
Yo me senté en una de las butacas de la biblioteca, y Ricky decidió que el lugar más indicado para verme leer era sobre mis piernas. Aunque estaba un poco incómoda, la lectura fue bastante agradable. Terminé el libro antes de las ocho y cuando bajé a desayunar mi tía ya estaba despierta y vestida.
-¡Buenos días corazón! Hoy tenemos un día muy agetreado.
-¡Hola tía! ¿Ah, si? ¿Y eso por qué?- pregunté desconcertada.
-Bueno cariño, tu cumpleaños es en una semana, y aunque estemos en plena guerra no podemos dejar de celebrar tu cumpleaños número diecisiete.
-¡Oh tía! No tenías por qué..- pero no me dejó terminar la frase y dijo:
-¡Nada de eso! Ya te he dicho que tu eres ahora mi hija. Y ninguna hija mía pasará por alto un día tan importante como su cumpleaños. Conseguí un hermoso vestido que puedes usar para la fiesta. Por supuesto no podrá venir tanta gente como quería, pero algo es algo. Debemos organizarlo todo; hay que escoger la música y tenemos que decorar el salón principal- mientras hablaba se podía notar como todos los planes se iban organizando en su mente.
-¡Pero si aún falta una semana! ¿No podemos esperar dos días al menos?
-Claro que no Elizabeth. Las cosas que salen bien son las que se organizan con tiempo, y por supuesto con amor.
-Bueno tía, si tu lo dices...-dije un poco acalorada, pues yo quería pasar el día en el jardín enseñando a Ricky a traer la pelota o algo parecido.
-Te oyes un poco desanimada. -A mi querida tía no se le pasaba nada...
-No tía, por supuesto que no. Es sólo que Ricky me despertó esta mañana muy temprano.
Pero en ese mismo instante sus ojos se abrieron muchísimo y me miró como si hubiera pasado por alto lo obvio.
-Oh querida, puedes hacer hoy lo que tu quieras. Se me acaba de ocurrir que sería mucho más emocionante si la fiesta fuera sorpresa, aunque claro que tu ya lo sabes, pero no sabrás nada de la decoración, la comida o la música hasta dentro de una semana. ¿Cómo no se me ocurrió antes?-dijo dándose un golpesito en la cabeza y desordenando un poco su elaborado peinado.
Todavía no estaba acostumbrada a que mi tía tuviera tantos gestos hermosos conmigo; así que tan sólo pude soltar unas risitas y ponerme roja.
-Pasar mi cumpleaños contigo sería suficiente celebración tía... Gracias por todo lo que has hecho por mi...
Ella me miró tiernamente por un largo rato y luego fuimos a desayunar.
Cuando me dirigí a la puerta principal a buscar la leche, me di cuenta de que no estaba. Fui a la cocina, Marie me miró y cuando se dio cuenta de por qué estaba ahí, me dijo que mientras mi tía y yo hablabamos aprovechó para recoger la leche. Le di las gracias por hacerlo por mi y le dediqué una cálida sonrisa.
El desayuno se desarrolló entre risas y alegres comentarios sobre la fiesta "sorpresa" que mi tía estaba organizando para mi. Después de comer me hizo algunas preguntas sobre mis gustos y mis preferencias acerca de música, colores, comida, etc.
Como mi tía estaba muy agetreada organizándolo todo para que la fiesta fuera (según ella) la más inolvidable y especial que jamás nadie haya ofrecido, pude cumplir mis deseos de enseñar a Ricky algunos trucos. Salimos al jardín y me senté sobre el césped -por supuesto Ricky se posó a mi lado de inmediato- tomé la pelotita que había sacado de un cajón en mi habitación y le lanzé.
De inmediato mi querido "Sir Attimor Lord Royal" salió corriendo y atrapó la pelota justo antes de que tocara la tierra ¡Vaya inteligencia la de ese pequeño animalito! Yo que creía que pasaría todo el día intentando que siquiera mirara la pelota.
Mi pequeña mascota hizo honor a su padre aquella tarde, al parecer el progenitor de Ricky era un atleta campeón en competencias caninas. De inmediato supe que había heredado esos dones de su padre. Su madre, en cambio, era omenageada por su porte y belleza, ganó casi todas las exibiciones en las que participó y al parecer Ricky tambien podría ser un perrito de exibición pues su tierna carita y su brillante pelaje eran realmente hermosos. Pero lo más bello de mi pequeño perrito eran sus ojos... Parecían dos pequeños lagos azules muy profundos en los que uno podía hundirse y no salir jamás. El iris tenía un color único, azul claro casi transparente y las pequeñas pupilas negras tenían a su alrededor un color más oscuro que en los bordes, como el azul del mar. No sólo era el color de sus ojitos, sino su manera de mirar... A Ricky no le hacía falta hablar, con una mirada lo decía todo y más.
Realmente amaba a mi peludo compañero, era el mejor regalo que me habían hecho y seguramente el mejor que me harían jamás.
La tarde fue muy fructífera, pude enseñarlo a sentarse, echarse, hacerse el "muertito", a girar y algunos sencillos trucos que había visto a perros mayores que él ejecutar en competencias; Ricky lo hacía incluso mejor que algunos canes que tenían entrenando toda una vida.
Sentí que el día pasó muy rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos la noche ya cubría el cielo salpicándolo de estrellas. Me fui a dormir muy satisfecha con Ricky a mi lado.
A la mañana siguiente nadie me despertó. Al parecer mi pequeño amigo estaba muy cansado para moverse, pues se despertó incluso más tarde que yo.
Bajé las escaleras, recogí la leche y tomé un rápido desayuno. Mi tía me acompañó a comer y cuando terminamos me miró profundamente y me dijo:
-Mi niña, me parece que ya es el momento de que te muestre todo lo que dejó aquí tu madre. Cuando era pequeña solía pasar mucho tiempo aquí conmigo. Venía avisitarme casi todos los veranos y hay algunas cosas de ella que estoy segura que te interesaría ver.
No me lo esperaba... Me quedé mirándola unos segundos y luego sólo asentí.
Subimos al ático al terminar la comida. Nunca había ido allí.
Al final de la pared más ancha había un baúl de color madera con uns elegantes letras talladas a mano que rezaban: Elizabeth.
Me acerqué despacio y mi tía me dio un empujoncito para animarme. Ya sentada frente a aquella caja donde habrían seguro miles de cosas de mi mamá, noté como una lágrima corría por mi mejilla y el ritmo de mi corazón se hacía cada vez más lento y rítmico.
Abrí con cuiado la gastada tapa y miré adentro...
Estaba repleto de viejas fotografías en blanco y negro. Casi todo lo que había allí adentro eran fotos, pero al fondo se podían ver cosas viejas y casi todas rotas como peines, aretes y cosas por el estilo.
Pasé horas observando las fotos; y el parecido que tenía con mi madre cuando ella tenía mas o menos mi edad era impresionante. Había olvidado que mi tía seguá atrás de mi observandome con cuidado y tratando de calcular mi reacción.
Seguí escarbando entre aquellos dolorosos recuerdos, observé largo rato cada una de las fotografías y tomé entre mis brazos cada cosa que allí estaba. Me encontré con un viejo osito de peluche que ya no tenía un ojo justamente cuando estaba llegando al fondo... Lo tomé, giré levemente y pregunté a mi tía si podía quedármelo.
-Querida, puedes tomar lo que desees. Todo lo que allí se encuentra es tuyo.
Seguí mirándo todo por horas. Pero no fue hasta que creí que lo había visto todo que descubrí que al fondo del baúl había un vaporoso vestido color rosa con encajes en los bordes. Era el vestido más hermoso que había visto.
-Tía, yo... Bueno... Se que me compraste un vestido que seguramente es mucho más nuevo que este, pero...-no me salían las palabras; sentí un nudo en la garganta y mi voz temblaba un poco al hablar. Mi tía se dio cuenta de hacia donde quería llegar con esa tímida explicación y replicó:
-Por supuesto que puedes usarlo en la fiesta mi niña. Habrá que arreglarlo un poco, pero si es lo que tú deseas...
-¡Muchas gracias tía! No te imaginas lo importante que es para mi poder usar esto...
Las lágrimas siguieron brotand de mis ojos durante el resto del tiempo que pasé allí. Creo que pasé el día completo sentada ante aquel viejo y desvencijado baúl.
Comenzé a sentirme un poco cansada, y con la cara un poco hinchada por el llanto, enjuagué mis lágrimas, tomé el vestido, el oso, y algunas fotografías y bajé a mi habitación con mi tía a mis espaldas.
Aquella noche dormí placidamente. No me deprimí por el recuerdo de mi madre, sino que me alegré mucho de que mi tía me hubiera mostrado aquello. Así tendría más de sus cosas y de sus recuerdos.
Ahora que lo pensaba, casi todo lo que tenemos son recuerdos... Lo material viene y va, pero los recuerdos perduran por siempre; y los más especiales dejan huellas en tu corazón que jamás se podrán borrar aunque pases años tratando de olvidarlos.
Sí, estaba en lo cierto. Los recuerdos son lo más real y personal que tenemos. Se encuentran en una pequeña cajita dentro de nuestros corazones que está cerrada bajo llave; una llave que sólo nosotros mismos podemos encontrar para que cuendo sea necesario estos recuerdos llenen nuestras vidas con la alegría del pasado y las brillantes espectativas y esperanzas de un futuro cercano... Quizás más cercano de lo que podríamos imaginar...

miércoles, 19 de mayo de 2010

Cap. 11 Este es mi hogar

Una mano en mi hombro me despertó...
Abrí los ojos sobresaltada y ahí estaba ella. Mi tía estaba parada frente a mi saludando emocionada con la mano. Me levanté de un salto y fui a abrazarla, ella, me devolvió el abrazo más fuerte que había recibido nunca.
-¡Mi niña! Cuánto te he extrañado, ni te lo imaginas. Te traje un montón de cosas que estoy segura que te encantarán.
-¡Tía! Yo también te extrañé mucho. No tenías por qué...- dije un poco avergonzada- Estoy muy contenta de que hayas vuelto, ahora podrás mostrarme el jardín como lo prometiste.
Una ancha sonrisa curvó sus labios carnosos pintados cuidadosamente de un color rojo carmesí y en sus ojos verdes una chispa de emoción iluminó todo su rostro. ¡Qué fácil era hacer feliz a mi tía! Recordé lo que había estado pensando la noche anterior antes de dormirme y me di cuenta de que no tenía sentido volver a estar deprimida. Con eso no ganaría nada, a demás, mi hermano y mi madre ahora estaban felices juntos; y cuando mi padre volviera estaba segura de que podríamos vivir los tres juntos con mi tía. Me alegraba tanto que ella estuviera aquí... Y al parecer me había extrañado mucho, porque se puso contentísima cuando mencioné nuestro paseo por el jardín -más de lo que yo hubiera imaginado- y dijo:
-¡Pero por supuesto cariño! Hoy podemos hacer todo lo que tu quieras para compensarte por tan prolongada ausencia. -me miró con ojos de disculpa y agregó- a demás, se que quizás te parezca extraño que tenga que realizar un viaje de trabajo en plena guerra, así que tenía pensado explicarte a qué me dedico...
-¡Claro tía! Pero, ahora tengo mucha hambre. ¿Qué tal si hablamos después de desayunar?
-De acuerdo, bajemos- sus intensa mirada de cariño traspasó mis ojos y recorde a mi madre... Hacía mucho tiempo que nadie me veía de esa manera. Mi mamá me miraba exactamente de esa forma, y el que sus ojos fueran idénticos, me hacía sentir aún más triste... Pero esta vez no permití que eso me deprimiera, más bien, me encantó. Así nunca olvidaría a mi madre ni cómo solía mirarme.
Tal vez mi tía se dio cuenta del ligero gesto de tristeza que esbozé en respuesta a esa tierna mirada porque, como si supiera exactamente en qué estaba pensando, me dijo:
-No estés triste corazón... Se que extrañas mucho a tu familia. Quizás aquí hayan varias cosas que te recuerden a tu madre, estoy segura de que eso te dificulta superar su ausencia. Pero, te voy a decir un secreto- dijo guiñandome un ojo- en esta casa hay muchas cosas que pertenecían a Elizabeth, cuando te sientas preparada sólo tienes que decirlo y yo puedo mostrártelas. No dudes nunca en contarme nada, yo estaré siempre aquí para ti.
Sonreí con la mayor franqueza que pude expresar con sólo un gesto, y simplemente asentí.
Bajamos juntas a la cocina, y recordé que no había ido a buscar la leche aquella mañana, así que antes de sentarme a la mesa pasé por la puerta principal, recogí la leche y se la lleve a Marie, que me saludó con una gran sonrisa.
Mi francés había mejorado bastante desde que llegué, y aunque David y mi tía hablaban inglés -por lo cual no era necesario que aprendiera a hablar francés- Marie y casi todos los demás empleados no hablaban mi idioma, así que me esforzé por aprender un poco y hasta el momento había podido sostener varias conversaciones cortas con Marie y con otras personas que trabajaban allí.
Me senté a la mesa y mi tía sonrió ampliamente. Hablamos sobre varios temas triviales y cuando terminamos de comer subimos a la biblioteca, que era nuestro lugar preferido para conversar.
Ya sentadas ambas en las cómodas butacas de aquel lugar repleto de estanterías llenas de libros mi tía comenzó a hablar sobre su trabajo y sobre lo que tenía que hacer y sobre las razones por las que tenía que salir de viaje tan a menudo.
Resulta que mi querida tía Lynette, se encargaba de distribuir medicinas, ropas y alimentos a las personas más necesitadas. Me dijo que tenía mucho tiempo haciéndolo y que desde que se había iniciado la guerra la gente estaba mucho más necesitada de lo que yo podía imaginar. Aunque ella sabía que no era necesario ir ella misma a repartir todos estos artículos escenciales, le encantaba ver la cara de felicidad que las personas, que comunmente no tenían nada, ponían cuando se les entregaba la más minima muestra de afecto. Me prometió que un día iría con ella a repartir alegría, pero que este no era el momento más indicado para hacerlo ya que en plena guerra no es muy conveniente salir y ella no quería arriesgarme.
Pasamos horas hablando sobre las experiencias que había vivido con estas personas en los lugares más remotos del planeta y sobre qué haría yo si estuviera en su lugar.
Jamás habría imaginado que mi tan delicada tía Lynette tendría un trabajo de esta magnitud. Saberlo me hizo sentir aún más respeto por ella y me alegré todavía más de tener la suerte de vivir en su hogar.
Marie muy amablemente se apereció en la biblioteca alrededor de las dos de la tarde con nuestro almuerzo, ya que estabamos tan absortas en las vivencias de mi tía que ninguna de las dos era conciente de todo el tiempo que habíamos pasabo hablando. Después de almorzar sugerí que ya era hora de pasear por el jardín y ella aceptó gustosa.
La caminata por los alrededores de la casa fue realmente placentera y cuando el manto negro de la noche nos cubrio por completo, nos sentamos una junto a la otra para observar las estrellas. El cielo nocturno era verdaderamente hermoso en aquel lugar. Estaba tan alejado de la ciudad que ninguna luz impedía observar las estrellas en todo su esplendor. Parecían millones y millones de luciérnagas que flotaban todas juntas bajo la negrura de la noche. Cuando sentí demasiado agotada me despedí de mi tía y subí a mi habitación a darme un baño de burbujas después de aquel día tan perfecto. Me puse la pijama y me dormí inmediatamente.
Al día siguiente cuando desperté y bajé a buscar la leche, Marie me dijo que se sentía un poco mal, y que quizás tuviera la misma gripe que había afectado a la otra muchacha. Me impresionó haber entendido todo aquello sin ningún problema -ya que lógicamente me hablaba en francés- y le dije que se quedara tranquila, que fuera a dormir un poco y que yo prepararía el desayuno.
Quise sorprender a mi tía preparándole algo especial, así que cuando todo estuvo listo corté unas flores del jardín y las puse en un florero en la mesa, tomé una hoja de papel y escribí: ¡Muchas gracias, por TODO!
Doblé la notita y la puse al lado del plato. Cuando terminé de comer lo que me había preparado, esperé a que llegara mi tía.
Cuando la figura menuda de la "señotita Lynette" atravesó la puerta de la cocina, me encontró con ojos expectantes y cara de nervios. Después de dedicarme una mirada extrañada se fijó en la comida, las flores y la notita qu reposaban sobre la mesa.
De repente sus ojos se llenaron de lágrimas de alegría -algo que yo no me esperaba- y me estrechó fuertemente junto a su pecho. No dejó de agradecérmelo durante todo el día y me prometió que guardaría esa pequeña nota para siempre.
No sabía por qué, pero estaba segura de que todo lo que decía, lo decía con total sinceridad.
Aunque yo ya sabía cuánto me quería mi tía Lynette, esa tierna reacción me hizo asegurarme de ello.
-Es que últimamente has hecho tanto por mi...-dije tratando de no romper a llorar- Ahora se que aquí estoy en casa, que este es mi hogar. Por fin encontré el lugar al que pertenezco y todo es gracias a ti.
Pero esto fue demasiado para mi tía, que me abrazó de nuevo y me dijo con nuevas lágrimas en los ojos que yo ya era su hija y que esta era mi casa.
Los días siguientes estuvimos todo el tiempo juntas, y todos los días hacíamos algo distinto. Jamás me aburría de mi queridísima tía Lynette.
El mes de diciembre llegó, y aunque fue la primera navidad que estuve sin mi familia, me sentí en casa. Mi tía me hizo un montón de obsequios que incluían libros, ropa, golosinas y toda clase de inimaginables detalles. El mejor de ellos fue un pequeño Husky Siberiano de pelaje blanco y negro y con unos brillantes ojos azules. Tenía pedigree y su nombre era: "Sir Attimor Lord Royal" pero yo decidí llamarlo Ricky de cariño. Pronto se convirtió en mi mejor amigo y nos acompañaba a mi tía y a mi en nuestros paseos por el parque, y hasta en la biblioteca, ya que era el perrito más obediente del planeta.
Cuando enero se abrió paso por los intrincados caminos de un año que se va, la blanca nieve todavía no había desaparecido y Ricky y yo nos dedicamos a jugar afuera por horas. Siempre terminabamos empapados hasta la médula y al subir a mi habitación para secarnos llenábamos todos los pasillos de agua. A mi tía le encantaba que yo me divirtiera, pero a David no le hacía mucha gracia tener que secar el piso. Yo lo ayudaba casi todo el tiempo -cuando no tenía demasiado frío para moverme- así que el nunca se quejó.
Cuando subíamos a mi habitación, tomabamos un baño de agua caliente y Ricky se sacudía llenando de cristalinas gotas de agua el gran espejo de mi baño. Terminábamos tan cansados, que cuando caía la noche, ambos nos acostábamos en mi cama y dormíamos hasta muy avanzado el día siguiente.
Había pasado algunos meses en aquella casa y podía afirmar firmemente que: "Este era mi hogar"
El mes de marzo llegó, y ya la nieve se había esfumado, pero las flores comenzaban a brotar en los arbustos y el sol hizo acto de presencia después de muchos meses sin calentar tanto. Los pajaritos y las ardillas aparecieron también y entonces descubri que a Ricky le encantaba perseguir a los otros animalitos.
Era tan feliz...
Este es mi hogar, solía repetirme todas las noches antes de dormir y al parecer mi pequeña mascota estaba totalmemte de acuerdo con aquello.
Seguía leyendo historias de príncipes y princesas; y aunque mi príncipe aún no llegaba, yo estaba segura de que pronto aparecería. Mi padre no había respondido a mi carta y yo empezé a preocuparme... ¿Qué habría pasado? y aunque trataba de no pensar mucho en eso, de cuando en cuando este fugaz pensamiento se atravesaba por mi mente y me hacía añorar Londres, y mi familia.
Mi tía Lynette no había tenido que salir de viaje desde hacía mucho tiempo y yo me alegraba por eso. Ya casi cumpliría diecisiete, el seis de abril, y mi tía decía que organizaría una fiesta -aunque solo tuviera por invitados a las personas que ya se hayaban en la casa- lo cual era una idea que me entusiasmaba.
Y así pasaron mis primeros meses en Paris... En mi nuevo hogar donde yo era totalmente feliz.

lunes, 17 de mayo de 2010

Cap. 10 "Como una princesa"

Había pasado una semana desde mi llegada a Paris. Todo era tan perfecto que me parecía increible. La tía Lynette -a la cual yo ya había aprendido a querer- trató de que mis primeros días en aquella nueva ciudad fueran placenteros, y a decir verdad, lo logró superando las expectativas que yo misma había pautado. Todos los días me saludaba con tanto cariño que desde el primer instante me sentí amada... David se había convertido para mi en mucho más que un simple sirviente, a mi criterio ya eramos grandes amigos.
Cada día extrenaba un vestido nuevo, igual o más hermoso que el que había usado el día anterior, y mi armario estaba tan lleno -ya que mi tía compraba ropa nueva cada vez que podía- que pronto también tuve que usar el de la habitación contigua que estaba deshabitada. La casa era espectacular y tan grande que los primeros días no dejé de descubrir nuevos lugares para pasar el tiempo y divertirme; es más, estaba segura de que aún había lugares que no conocía.
Casi había olvidado que estabamos en guerra. En aquel lugar las ventanas nunca se cerraban y nadie te impedía ir a pasear al jardín o corretear por los alrededores. Agradecí que mi tía viviera en el campo y no en la ciudad donde eso no hubiera sido posible...
Estaba muy agusto en aquel lugar, eso no lo podía negar; pero cuando pensaba en mi madre, mi padre o mi hermano las ganas de estar allí se comprimian a tal punto que casi desaparecían. Aunque luego pensaba que a ellos les hubiera alegrado que yo fuera feliz y luz que brillaba en mi pecho cada vez que recordaba a mi familia (recuerdos felices, no tristes) se acrecentaba e iluminaba todo mi ser.
El segundo día que estuve casa d mi tía Lynette escribí a mi padre una sencilla carta donde señalé que me había mudado a Paris, pero nunca mencioné la muerte de mi madre. Imaginé que si lo hacía, sus ganas de sobrevivir en la guerra se desmoronarían por completo así que decidí no mencionarlo y hacerlo creer que mi madre estaba en Paris conmigo, por su bien. No había recibido respuesta alguna, pero imaginé -como ya lo había hecho antes- que estaría muy ocupado para responderme.
La mayor parte del tiempo a demás de hablar y jugar con mi tía, lo pasaba en la biblioteca leyendo algún libro. Casi siempre leía sobre historias de amor en las cuales las protagonistas eran hermosas princesas y de un día para otro se enamoraban perdidamente de algún muchacho guapo, tierno y amable. Cada vez que leía estos cuentos de hadas, recordaba eso que había estado pensando constantemente desde que me encontraba en el tren camino a Paris: ¿Encontraría yo el amor? ¿Pronto este hermoso sentimiento tocaría a mi puerta? Pero durante los primeros meses nada pasó, y tampoco me preocupé mucho al respecto pues, como mi madre siempre decía, todo llegaba a su debido momento. De todas maneras yo era prácticamente una princesa, ya que en aquel lugar me trataban como tal, en cuanto a ese amor verdadero, no había de qué preocuparse pronto llegaría...
Comía todos los días al rededor de diez "puchis" -aquella extraña fruta sin nombre- y aunque hubiera pasado tan poco tiempo en aquuel lugar, las criadas de mi tía se dieron cuenta de lo mucho que me gustaba y decidieron cortar un montón y hacer toda clase de postres con ellas. Todos me encantaban, desde luego, pero no había nada como salir al jardín en medio de una tarde calurosa y tomar unos cuantos "puchis" para comerlos a solas mientras leía.
El sonido de la puerta al abrirse me hizo perder el hilo de mis divagaciones, levanté la vista del libro que estaba leyendo en aquel momento y mis ojos se encontraron con los de David que me miraba sonriente desde la entrada de mi habitación.
- ¡Muy buenos días, señorita! He venido a enviarle un recado de parte de su tía. Hubo un pequeño problema y lamento que ella estará ausente por al menos una semana. No tuvo tiempo de despedirse ya que al parecer era algo realmente urgente, dice que no se preocupe, que sn tan sólo asuntos de trabajo.
-Ohh...- miré decepcionada a David, mi tía y yo teníamos planeado recorrer todo el jardín el día de hoy- Bueno, muchas gracias David...
-No hay de qué. ¡Oh, casi lo olvido! La señorita Lynette- mi tía tenía prácticamente prohibido que se le llamara Señora, decía que la hacía sentir "vieja"- dice traerá nuevos libros para la biblioteca, que si está interesada en alguno en específico se lo haga saber inmediatamete a través de una carta.
-Gracias David- repetí desanimada.
El sonrió amablemente y cruzó la puerta.
Bueno, si le veía el lado bueno, disponía de toda una semana para explorar aquella enorme casa por mi cuenta y también para conocer más a todas las mucamas y a todo el personal de mi tía (que a decir verdad era bastante). Aunque esto no mejoró mucho mi desilusión, hizo que disminuyera tan sólo un poco, así que me permití sonreir y bajar las escaleras para pasear por el jardín.
Afuera el día era cálido y luminoso, así que estuve caminando un buen rato pensando en la infinidad de cosas que tenía la posibilidad de hacer para distraerme.
Una de las mujeres que trabajaba en la casa, estaba realmente muy enferma de alguna gripe (nada grave). Cuando me enteré le dije a mi tía que yo quería ayudar un poco en la casa, a manera de agradecimiento por toda su hospitalidad. Ella (que no se negaba nunca a mis deseos) aceptó encomendarme algunas tareas fáciles como recoger en la mañana la leche y asear mi habitación. Así que todas las mañanas al despertarme, recogía la leche -que el lechero dejaba en la puerta principal- y la llevaba a la cocina, donde una señora muy amable llamada Marie la tomaba para preparar el desayuno, o cuando no la necesitaba, me pedía de forma maternal que la metiera al refrigerador.
Durante esa semana que mi tía estuvo ausente la mujer enferma se recuperó; pero ya que se me había hacho hábito aquello de recoger la leche, le pedí que me dejara seguir haciéndolo a lo que ella acaptó ni ningún problema.
Para ser sinceros, pase gran parte de aquella semana divagando sobre mi nueva vida en vez explorar como había dicho que haría. Envié una carta a mi tía con una lista de libros que me interesaba leer y en pocos días recibí su respuesta que obviamente era afirmativa, y que a demás decía que volvía exactamente al terminar esa semana.
El último día del tiempo que estuvo mi tía afuera lo pasé leyendo historias de princesas y hermosos principes que venían a salvarlas de algún malvado, o de nadie, sino de sus propias desdichas. Cuando cayó la noche recordé una de aquellas historias donde el principe salvaba a la princesa, no de una bruja ni de algún villano, sino de la soledad y de el sufrimiento... Casi ipso facto me sentí identificada con ella, pero no porque yo estuviera sufriendo en ese instante, porque para ser realistas lo estaba pasando en grande con mi tía, pero el dolor que ella describía era casi exactamente el que yo había sentido desde que murió mi hermano y se marchó mi padre -que luego se acrecentó al morir mi madre- y que todavía estaba ahí, en algún rincón de mi corazón. Ese día me di cuenta de que esa felicidad que sentía por estar en aquel lugar no era una felicidad permanente, que ese dolor estaba todavía en mi y que no podría hacerlo desaparecer así como así, que las heridas del corazón necesitaban tiempo para sanar, y aunque me sentía dichosa de que mi tía fuera como era, nada era lo mismo sin tu familia... Supe en aquel momento que todo ese tiempo había estado tratando de reprimir ese agudo dolor que ahora poco a poco volvía a invadirme.
Sí, así de rápido y por cualquier motivo estúpido uno recuerda que por dentro está sufriendo. Me sentí una mal agradecida y una malcriada por sentirme de ese modo en aquel lugar en el que era amada, pero no podía hacer nada. Decidí no dejar que el dolor me invadiera por completo, pero tampoco podía permitirme olvidarme de él, porque si lo olvidaba, sentiría que estaba olvidando a mi familia.
Así como así y de un momento a otro esa felicidad que había estado cultivando las últimas semanas fue desmoronándose poco a poco (pero nunca por completo). En algunos momentos debía sentirme así, pero no iba a dejar que esto fuera siempre.
Destendí la cama y me acosté, pensando que yo era "como una princesa" que aunque tenga todo lo que podría pedir, nunca estaría conforme... Quizás ya fuera el momento de que mi príncipe azul de brillante armadura viniera a rescatarme de mis propios pensamientos y a llevarme a un lugar donde él y yo pudieramos ser felices y no tuvieramos ninguna preocupacion. No, no dejaría que esto me hiciera sentir triste, así que intentando no pensar, cerré los ojos y pronto me quedé dormida...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cap. 9 La tía Lynette

El día siguiente amaneció muy brillante. Cuando salí de la cama fui al baño a lavarme la cara y a tomar un baño. Prendí el agua y el aire pronto comenzó a llenarse de vapor. Cuando la bañera estuvo llena hasta el tope de agua caliente, me metí y en ella y cerré los párpados. Aquello parecía un sueño, era casi imposible que fuera real. Sobretodo después de tantas preocupaciones...
Terminé de bañarme y me envolví en una toalla rosa -todo en mi habotación era rosado, como si mi tía supiera que el color me encantaba- salí del baño y me dirigí al coloset donde me puse un vestido azul turquesa que me pareció bastante inocente y muy adecuado para bajar a conocer a mi tía, pero luego pensé que quizás si la primera vez que me veía era con un vestido de color turquesa, creería que se había equivocado al escoger mi color preferido, así que tomé uno rosa de los muchos que estaban ahí colgados y me lo puse. No supe porque estas extrañas conclusiones acudieron a mi mente, pero me pareció lo más correcto.
Cuando estaba a punto de salir de mi dormitorio, encontré una nota en mi mesa de noche. Decía:
"Elizabeth, mi niña. Estoy ansiosa de poder conocerte, y quiero decirte de antemano que lamento no poderte haber ido a recojer, pero estaba muy ocupada; aunque no te preocupes, recibiras una disculpa personal cuando bajes a desayunar. Cuando despiertes y te hayas vestido, ven a la cocina (que se encuentra bajando las escaleras en la puerta contigua a la de la estancia que supongo que mi querido David te mostró ayer) Besos, Lynette"
Tomé la notita y la guardé en la primera gaveta de mi nueva mesa de noche. Vaya, la tía Lynette parecía realmente amable... Ya estaba casi convencida de que me encantaría vivir en aquel lugar.
Bajé las escaleras y siguiendo las instrucciones de tía Lynette, abrí la puerta y me encontré con una imponente cocina muy blanca .ahora que lo pensaba, la mayoría de las cosas en esa casa eran blancas- y con estufas plateadas, el refrigerador era enorme, casi el doble del que tenía en casa. Y había una mesa de vidrio con cinco sillas iguales en donde no había nadie...
Me senté a esperar a mi tía sin hacer ningún movimiento, los nervios casi habían desaparecido por completo cuando la puerta se abrió y mi corazón dio un vuelco dejando lugar a miles de sentimientos encontrados. Detrás de la puerta apareció una figura menuda y un poco regordeta con las mejillas llenas de colorete rosa que la hacía parecer una niña pequeña a pesar de las arrugas y el pelo canoso, venía vestido con un traje elegante de color turquesa, e inmediatamente recordé la prenda que había estado a punto de ponerme y agradecí haberme cambiado. La figura se acercaba a mi, y a cada paso que daba mi corazón latía mas rápido.
Cuando estuvo a mi lado me dio un abrazo tan fuerte que casi hacía que mis ojos se salieran de sus órbitas y con los suyos llenos de lágrimas me dijo:
-¡Querida! Yo soy tu tía Lynette. Cuanto había ansiado conocerte... ¡Cómo te pareces a tu madre mi niña! Es algo increible el parecido entre ustedes. Veo que heredaste los ojos de mi familia- dijo riendo y abriendo bastante los suyos que para mi sorpresa eran exactamente iguales a los míos- No puedo creer que estés aquí, te prometo que la pasaras de lo mejor en mi casa.
Yo estaba estática, no lograba mover ni un músculo, pero el alivio que me produjo saber que mi tía Lynette no era como la había soñado, me sacó de aquel estado y pude decir:
-¡Oh tía! También estaba ansiosa por conocerte. Tu hogar es maravilloso, y muchas gracias por mi habitación, no podía ser mejor de lo que es. Todo aquí es perfecto.- dije, dedicándole la sonrisa mas sincera que tenía.
Me miró con esos ojos iguales a los míos y me hizo recordar a mi madre, cada vez que me miraba y me encontraba con esos ojos que eran como los que yo tenía, sentía una cosa extraña que invadía todo mi cuerpo y me hacia pensar en cuanto la quería.
Cuando mi tía me miró así, estos recuerdos hicieron que mis ojos se llenaran de lágrimas cristalinas y ella me abrazó de nuevo. La acababa de conocer y ya sentía que la quería...
Desayunamos juntas, y el resto del día estuvimos hablando acerca de nuestras vidas y tratando de conocernos un poco más. Tuve el presentimiento de que seríamos grandes amigas, y pronto todas mis preocupaciones se vieron disueltas. Paseamos por el jardín y recojimos algunas flores, manzanas, naranjas y una fruta que no había visto antes. Las manzanas y naranjas estaban deliciosas y descubrí que me encantaba esa extraña fruta que jamás había visto, y pronto se convirtió en mi favorita. Me avergonzaba un poco no saber su nombre, así que decidí no preguntarselo a mi tía y llamarla "puchi". El nombre era ridículo y quizás un poco infantil pero a mi me encantaba. En la casa había también una enorme biblioteca que no tardé en descubrir, y todas las tardes iba y leía algo diferente y muy interesante, a veces sola y otras veces en compañía de mi querida tía Lynette
Y así transcurrieron mis primeros días en París, hablando, jugando, leyendo y comiendo "puchis"...

Cap. 8 Paris

Tomé la maleta y me preparé para salir del tren. Se suponía que mi tía Lynette estaría esperandome afuera y esto me puso más nerviosa todavía. Cuando eché un vistazo en busca de mi "tía" me di cuenta de que no podría saber quien era, ya que nunca antes la había visto.
Seguí escudriñando cada rincón de aquella estación de trenes que estaba muy oscura -ya era de noche cuuando llegué a Paris- y de pronto pude leer que un hombre que se veía un poco mayor y muy bien vestido, sostenía en alto un cartel donde alguien había escrito con una caligrafía bastante elaborada: Elizabeth Donovan.
Sería demasiada casualidad si otra Elizabeth Donovan se encontraba en aquella estación de trenes en ese mismo instante, así que supuse que sería el esposo de mi tía o algo por el estilo. Caminé rápidamente hacia él llevando a rastras mi maleta, cuando estuve a su lado sólo fui capaz de decir:
-Soy Elizabeth
Me miró con cara de asombro, al parecer no se había percatado de mi presencia hasta que hablé. El hombre me miró con ojos amables y me dijo:
-¡Hola, Elizabeth! Yo soy uno de los sirvientes de tu tía, ella se encontraba muy ocupada y no pudo venir a recojerte y me encomendó a mi esta agradable tarea.-Dijo con la sinceridad brillandole en los ojos. Vaya, al parecer no sería tan mala mi vida en Paris; si este hombre era tan amable conmigo sin siquiera conocerme mi tía no debía ser tan mala...
-Oh, ¡Muchas gracias! Señor...- No me había dicho su nombre, así que me conformé con mirarlo un rato con ojos inquisitivos, pero parecía no darse cuenta de mi indirecta así que tuve que agregar: lo siento, pero no se su nombre.-Una extraña sensación de dejavú invadió mi cuerpo. Recordé cuando había conocido a Anthony, él tampoco había entendido la mirada inquisitiva que le dediqué cuando me di cuenta de que no sabía su nombre. Por algún extraño motivo, esto me provocó una sensación agradable de familiaridad.
-Vaya es cierto, pero que tonto soy. -dijo con una sonrisa en los labios- Mi nombre es David, y de ahora en adelante estaré a su servicio las veinticuatro horas del día.- solté una risita nervisa y le dije sonriendo:
-Bueno, es un placer conocerlo. ¿Podríamos subir al auto ya? La verdad es que el viaje me agotó.
-Pero por supuesto señorita. Lo hubiera dicho antes-dijo guiñandome un ojo.
Muy amablemente, David se ofreció a llevar mi maleta hasta el auto y luego me indicó el camino hacia el estacionamiento.
De repente caí en cuenta de que estaba en Paris, aquella cuidad tan grandiosa que todos se morían por conocer, esa ciudad que, desde ahora, sería mi hogar.
El auto se puso en marcha y emprendí mi camino a casa de mi tía Lynette...
Ni David ni yo hablamos mucho durante todo el camino, a decir verdad, no hubo más que unos pocos comentarios del clima y de los alrededores.
La guerra no había dejado a Paris ni la cuarta parte de mal de lo que había dejado a Londres, pero esto no significa que no hubiera dejado su huella al pasar por aquel hermoso lugar. Los escaparates de algunas tiendas estaban llenos de tablas y las ventanas de las casas permanecían cerradas. Algunos árboles se veían maltratados, y al pasar por una calle cerrada vi una casa pequeña destruida casi por completo. Deduje que sólo una bomba podía causar tal destrozo, así que quizás una le hubiera caido encima.
Mientras la ciudad se iba alejando y nos adentrabamos cada vez más en el campo, mi corazón se iba acelerando y mis sentidos se ponían cada vez más agudos para estar atenta a cualquier rastro de que habría algo malo en mi nuevo hogar.
-Hemos llegado señorita, esta será su casa ahora. Espero que sea de su agrado.- dijo David con una sonrisa que curvaba sus labios y hacía que en sus ojos aparecieran unas "patas de gallo" y señalando una enorme casa con paredes blancas y techos negros tal como en el sueño que tuve en el tren. ¿Sería entonces que mi tía sería como la había soñado? Realmente esperaba que no fuera así...
David estacionó el auto y me sorprendí al fijarme de que todas las ventanas estaban abiertas y ni una sola tenía una tabla que impidiera ver hacia adentro. Habían miles de flores de distintas formas y colores por todo el jardín y una fuente de marfil que llamaba mucho la atención por su blancura, se encontraba en el centro de aquel hermoso patio. Todo era muy colorido y en los cientos de árboles que habían se lograban ver una enormes y sonrosadas manzanas; habían también árboles con las más grandes naranjas que hubiera visto y otros tipos de frutas coloridas que yo no conocía. Había tantos colores, que aunque fuera ya muy entrada la noche se lograba distinguir a cada uno de los demás. Debía admitir que el lugar era espléndido y que se veía como un sitio en el que me gustaría vivir.
David tomó mi maleta y me invitó a entrar. Adentro todo era hermos, habían ventanas en todas las paredes y cuadros con hermosas pinturas, el piso era de un color blanco que cegaba y había tambien una enorme escalera que conducía el piso superior. David me mostró el camino a mi habitación y me dijo que no conocería a mi tía hasta mañana. Yo me sentí un poco aliviada por eso, así tendría mas tiempo de acostumbrarme a todo aquello, a la casa, a la gente, al país...
Abrí la segunda puerta a la derecha, tal como David me lo había indicado, y entré en una habitación espectacular con una cama tres veces más grande de la que tenía en Londres, con cortinas de seda color rosa colgando de el dosel y muchísimas almohadas de plumas. Las paredes estaban pintadas de blanco, y me fascinó el contraste que hacía con las cortinas de la cama, había en una de las paredes un enorme balcón que daba al jardín y que estaba totalmente abierto y sin ninguna tabla. Abrí mi equipaje y tomé el primer pijama que conseguí, me lo puse rápidamente y me senté en el borde de mi cama a observar mi nueva habitación. Saqué una foto de mi familia que llevaba en mi bolso y la puse en mi mesa de noche, que estaba justo al lado de mi cama y tenía tres gavetas. Cuando eché un vistazo a mi alrededor, me di cuenta de que había una puerta adentro del dormitorio, me dio curiosidad y fui a averiguar que era.
Cuando abrí la puerta me encontré con un hermoso baño con topes blancos y toda clase de cosméticos y productos para el cuidado del cabello y la piel, había también una enorme bañera que se veía muy cómoda para tomar un largo baño... Salí de aquella estancia y volví a mi habitación a revisar el closet, yo esperaba que estuviera vacío, pero cuando lo abrí habían cientos de vestidos y zapatos que hacían juego. Me alegré de no haber traido mucho equipaje y me quedé pensando en el día siguiente por bastante rato. De repente, recordé lo cansada que estaba y me dirigí hacia mi cama nueva -que se veía de lo más cómoda- hice a un lado las tibias sábanas y me acosté. Aquello parecía un lecho de rosas. No necesité mucho tiempo para quedarme dormida estando tan cómoda, así que pronto me encontré soñando con mi tía, con mi casa nueva, con David y con Paris, la cuidad del amor...

domingo, 9 de mayo de 2010

Cap. 7 Quizás, sólo quizás...

Ahí estaba yo, parada en medio de una estación de trenes casi vacía esperando a que el tren que me llevaría a casa de mi tía se detuviera por completo para dejarme abordar. El silbato dio un chillido agudo avisando a las pocas personas que allí se encontraban que ya podían subir. Tomé mi maleta y me dirigí a la puerta abierta de aquella máquina que me esperaba quieta.
Cuando entré y tomé asiento me sentí un poco... ¿reconfortada? No, no era la mejor palabra para describir aquella sensación. Quizás fuera sólo que sentía que estaba cumpliendo los deseos de mi madre y eso me provocó esa sensación extraña. Sentí como si hubiera llegado por fin a la meta, como si después de haber corrido un maratón de varios kilómetros la carrera hubiera terminado, y, aunque no había llegado de primera, había terminado. Después me di cuenta de que realmente no había terminado la carrera, sino que apenas empezaba... Pronto tendría una nueva vida, una nueva casa y una nueva familia a la que tendría que acostumbrarme, pero en aquel momento eso no me preocupaba; sólo quería llegar a Paris, luego me preocuparía por eso...
Recosté la cabeza del asiento contiguo que se encontraba vacío -no habrían mas de diez personas en un tren con capacidad para trescientas- e intenté cerrar los ojos sin pensar en nada. Oí que el silbato volvía a sonar anunciando que estabamos a punto de partir...
El tren se puso en movimiento con una sacudida y yo traté de quedarme dormida, cerré mis párpados e intenté pensar en cosas buenas, pero no funciónó. No quería ver por la ventana para no tener la horrible visión de lo que la guerra había dejado, así que ocupé mi mente haciendo garabatos en un cuadernito que mi madre me había regalado mucho tiempo atrás. Todavía estaba demasiado avergonzada con la mujer que me había vendido el boleto, me sentía estúpida. ¡Claro que sabía que Gran Brataña era una isla! Eran sólo los nervios del viaje. Ahora que lo pensaba ¿Qué habrán creido Anthony y Benjamin cuando les dije que tomaría un tren a Paris? seguro pensaron que era una estúpida... Bueno, ya nada podía hacer y, es más, no volvería a verlos nunca porque de ahora en adelante viviría en Paris, la cuidad de la luz y del "amor". Quizás allá pudiera yo encontrar ese verdadero amor con el que había soñado desde pequeña; quizás me enamoraría perdidamente de algún muchacho francés, quizás mi vida en Francia no fuera tan desdichada, quizás, sólo quizás, la tía Lynette no fuera como yo me la imaginaba y yo viviría medianamente feliz... Quizás, sólo quizás... Me quedé dormida, todavía imaginando aquello, no soñé con nada y cuando desperté ya estaba en el sur de Inglaterra. El tren estaba a punto de detenerse e imaginé que hubiera pasado si no hubiera despertado y el tren hubiera seguido su rumbo ¿A dónde habría ido a parar? La idea me hizo reir un poco, y con las energías renovadas tomé mi maleta, bajé del tren y salí de la estación.
Yo nunca había ido a ningun lugar que no estuviera en Londres; era la primera vez que veía aquel sitio -me sentí un poco intimidada- pero no podía quedarme ahí parada como una idiota esperando que algún ratero tratara de llevarse mis pertenencias, así que comenzé a caminar y a caminar tratando de pedir indicaciones para llegar al puerto donde tomaría el barco a Francia. Por mis pocos conocimientos de geografía, deduje que llegaría a Le Havre (que era el estado francés con costa más cercano a Paris) y luego tomaría un tren que me llevaría a casa de mi tía.
Seguí caminando y pedí indicaciones a una mujer regordeta y con cara de ser amable. Señaló con bastante exactitud que camino debía tomar para llegar. Me dijo que no estaba muy lejos, que tendría que caminar un poco más de quinientos metros y llegaría. Esto me alivio un poco, me despedí de la mujer y seguí mi camino.
Me di cuenta de que aquel sitio había quedado mucho peor por la guerra que Londres, no había casi ninguna planta y todo se veía gris y vacío.
Caminé, siguendo las instrucciones de aquella mujer y pronto llegué al puerto. Compre mi boleto y ya que el barco salía inmediatamente no tuve mucho tiempo para descansar hasta que por fin estuve adentro.
Durante mi viaje, no pasaron muchas cosas dignas de ser mencionadas. El tiempo que tardé en llegar a Francia me pareció eterno, recordé que mi tía vivía en el campo y no en la ciudad como había imaginado. Cuando mamá habló de la tía Lynette mi imaginación voló al centro de París; y a una casa al lado de la Torre Eiffel. Luego supe, -cuando recibí la dirección- que vivía más bien a las afueras de París en una enorme casa en el campo y, por lo que sabía, cuando llegara me recibirían muchos sirvientes.
El barco atracó en el puerto de la ciudad de Le Havre y yo bajé y me encaminé a la estación de trenes que gracias a Dios estaba justo al lado -no tuve que pedir direcciones, ni usar mi mal hablado francés- y compré un boleto para el próximo tren a Paris, que salía, para mi fortuna, en tan sólo cinco minutos.
Cuando llegó el tren abordé, me senté apartada de las demás personas en un asiento vacio del fondo, el viaje sólo duraría dos horas. Retomé el pensamiento que había dejado inconcluso en el tren que tomé en Londres: quizás, solo quizás encontraría en París el amor. Era una corazonada más que un deseo. Y para ser sinceros me sorprendió hallarme pensando en el amor, pero al parecer este pensamiento logró que el viaje a Paris se me hiciera muy corto. Al darme cuenta, el tren se había detenido y yo me encontraba en Paris, pensando en que quizás, sólo quizas el amor tocaría pronto a mi puerta...

viernes, 7 de mayo de 2010

Cap.6 Rumbo a una nueva vida

Dormí realmente mal aquel día, es más, si soy sincera, no dormí. Durante la noche aquella frase seguía rondando mi mente y sólo lograba concentrarme en que no me quedaba nada, en que todo había terminado. Cuando la poca luz de sol que era capaz de traspasar mi ventana hizo un fallido intento de alumbrar la casa, me di cuenta que ya era de día y que sería hoy el momento de abandonar mi casa, mi infancia, mi familia, mi hogar y todos los recuerdos que ahí habitaban...
Me puse el vestido más hermoso que tenía y recojí mi maleta -realmente ligera- tratando de prepararme para lo que me esperaba. Recorrí el espacio que había hasta la puerta principal pero cuando estaba a punto de abrirla para salir recordé que no había avisado nada a mi padre... ¿Qué pasaría si volvía y no me encontraba en casa? Pero no quise decirle nada por dos razones: Primero: no quería preocuparlo y Segundo: ¿Y si no recibía respuesta? si esto pasaba, pensaría que estaba muerto; así que decidí esperar a llegar a casa de tía Lynette para pensar bien que le diría a papá.
Salí, y pensé en mi hermano; traté de irme justo como el lo había hecho, sin dudarlo un segundo, sin mirar atrás... Afuera todo era deprimente, recorrer aquellas calles que recorrí miles de veces con mi familia era de verdad desconfortante. Ahora nada era como yo lo recordaba; había patrullas recorriendo cada esquina y desde afuera se lograba ver que todas las ventanas estaban llenas de clavos y tablas. Cuando miré una de las tiendas que solía visitar con mi madre, me di cuenta de que algún maleante había roto los vidrios del escaparate para robarse lo poco que quedaba adentro aprovechandose de la conmoción que había causado la guerra. Caminé mucho rato, pasando cada vez por más lugares que para mi corazón eran recuerdos y para mi mente una tortura. Seguí caminando, tratando de no mirar a mi alrededor cuando una de las patrullas que recorría las calles me vió.
-Señorita estos no son tiempos de pasear por las calles, y mucho menos estando sola. ¿Dónde se encuentran sus padres?- dijo uno de los hombres que estaban adentro del auto.
-Disculpe oficial, pero mi madre murió hace unos pocos días y mi padre quizás esté arriesgando su vida en la guerra en este mismo instante. Yo debo ir a la estación de tren para llegar a Paris, pues desde ahora debo vivir con mi tía que es la única familia que me queda... -no supe por qué había dado tantas explicaciones a aquel desconocido, pero al ver la tristeza en mis ojos quizás se compadeció de mí, porque me dijo:
-¡Ohh! ¡Cuánto lo siento, Señorita! ¿No quiere que la llevemos nosotros a la estación? La verdad no sería problema...
Lo miré con ojos agradecidos ya que esto me evitaría seguir torturandome con los recuerdos; a demás, no tenía ganas de caminar.
-¡Eso me encantaría! Muchísimas gracias Señor...- me di cuenta que no sabía su nombre, así que me quede mirándolo con ojos inquisitivos, parecía que no se daba cuenta de mi insinuación así que tuve que agregar: disculpe, pero no se su nombre...
-¡Oh! Disculpa, no me presenté; mi nombre es Anthony, Antony Bates y el es mi compañero Benjamin- El hombre que iba en el asiento del copiloto hizo un gesto amable con la mano y yo le devolví el saludo.
-Mi nombre es Elizabeth, Elizabeth Donovan.
Subí al asiento trasero y traté de ponerme lo más cómoda que podría estar en un auto tan pequeño y tan caluroso, pues esperaba poder dormir un poco, porque dentro de poco haría un largo viaje, pero parecía que mi nuevo amigo Anthony tenía otros planes...
-¿Y dónde vive exactamente tu tía, Beth?-vaya, acababa de conocerlo y ya tenía un apodo...
-En realidad no lo sé, para ser sinceros no la conozco, jamás la había visto. Envió una carta con su dirección que espero poder entender al llegar allá porque mi francés no es lo que puede llamarse "bueno"- dije avergonzada, pero al mismo tiempo preocupada ya que no había pensado en eso, todo había sucedido tan rápido que tenía la sensación que uno tiene cuando estás mucho tiempo en la oscuridad y sales a la luz; tus ojos tardan un poco en acostumbrarse a la claridad y esa era exactamente mi situación: todavía trataba de acostumbrarme, de asimilar todo lo que me estaba sucediendo.
Mi "nuevo amigo" pareció percibir el tono preocupado de mi voz y como no había nada que él pudiera hacer al respecto, añadió:
-No te procupes, seguro aprenderás muy rápido y no dudes que en la estación habrá alguna persona que hable inglés.-se volteó un poco y me guiñó un ojo.
-Gracias, eso espero...
Yo no estaba muy segura de que eso fuera a pasar así que traté de no darle vueltas al asunto y concentratme en dormir. Al principio no pude, traté de relajarme y fingir que oía lo que Antony me decía con unos asentimientos de cabeza en los momentos adecuados y algunos "¡ohh! y aja" cuando la ocasión lo requería, pero el sueño pronto me venció y poco a poco fui cerrando los ojos y de repente sentí que me sumía en el sueño más profundo, comenzaron a aparecer en mi mente un montón de colores y en segundos se transformaron en imágenes: Una mujer alta y de aspecto estirado y estricto me miraba con ojos severos, como si hubiera cometido un error fatal o algo parecido. Me estuvo mirando por un tiempo que se me hizo eterno, cuando porfin habló:
-Buenos días Elizabeth, yo soy tu tía Lynette y esta es tu casa de ahora en adelante-dijo señalando una enorme mansión con techo negro y paredes blancas-segurás mis reglas y harás todo lo que se te pida. ¿Está claro, Señorita?
Asentí con la cabeza, estaba demasiado aturdida para hablar. Hizo un gesto con la mano indicandome que entrara y cuando abrí la puerta quedé totalmemte en shok; mi madre estaba parada en medio de la estancia saludandome junto a mi hermano y mi padre. Sentí que mi corazón daba un vuelco y cuando traté de correr hacia ellos la sala se hacía más larga, a cada paso que daba se alargaba más y comenzé a cansarme de correr pero la sala había dejado de estirarse así que corrí con todas mis fuerzas y traté de tocar las manos de mi madre, pero cuando me acerqué desapareció, simplemente desapareció. Sentí una sensación en todo el cuerpo y comenzé a encojerme, me hacía más pequeña a cada segundo y de repente, comenzé a caer y a caer por un abismo negro que parecía no tener fondo, sólo caía y caía. Las imágenes de mi cabeza comenzaron a desaparecer mientras oía que alguen decía: -¿Crees que debemos despertarla? y una voz gruesa que no había oído nunca respondió: - Me parece lo más adecuado, creo que está teniendo una pesadilla. No volví a oir nada hasta que unos segundos después sentí que alguien me sacudía suevemente y desperté.
Cuando me di cuenta de que todo había sido un sueño me invadió un alivio que corrió por mis venas y llenó cada centímetro cuadrado de mi cuerpo. La voz gruesa que había oído antes era la de Benjamin, el hombre sentado en asiento del copiloto que no había hablado hasta ahora. Miré por la ventanilla y noté que estabamos llegando a la estación. ¿Cuánto tiempo habría dormido? Sonreí cuando me di cuenta que seguía mirandome con ojos preocupados así que traté de calmarlo diciendo:
-Lo siento anoche no dormí bien por los nervios del viaje, y cuando no duermo bien suelo tener pesadillas-mentí- No es nada de qué preocuparse
-Ja,ja,ja tranquila a todos nos pasa.-oí decir al hombre de la voz gruesa
No comentamos nada el resto del camino y el silencio ya estaba logrando desquiciarme cuando Anthony dijo:
-Ya llegamos, linda ¿te ayudo a bajar tu equipaje?
-No gracias, estoy bien. No llevo mucho.
-De acuerdo- me sonrió.
El auto se detuvo y yo abrí la puerta dándole las gracias una y otra vez a mis nuevos amigos, que se despidieron y me desearon la mejor suerte del mundo.
Me puse en camino hacia la puerta de la estación, cuando entré miré a mi alrededor en busca de la taquilla donde se suponía que vendían los boletos para el tren.
-Disculpe, ¿podría darme un boleto sólo de ida a Paris?-pregunté a la mujer que estaba detras del mostrador.
Me miró extrañada y me dijo:
- Señorita, no hay trenes de Londres a Francia, recuerde que Inglaterra es una isla y no se puede viajar en un tren por agua; pero puedo venderle un boleto para el sur del país, donde podrá tomar un barco a Francia- Me entregó el boleto, me dijo el precio y yo pagué con el dinero que mi madre me había dejado demasiado avergonzada por mi estupidez para contestarle algo coherente.
Me despedí de la joven mujer y miré a mi alrededor; el tren salía en media hora y mientras tanto tendría que sentarme a esperar sin poder evitar que mi mente se trasladara a mi hogar. Los minutos parecían horas y cuando porfin llegó el tren tomé mi maleta y me preparé para una nueva vida.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Cap. 5 "Todo terminó"

Al día siguiente, a petición de mi madre, tuve que levantarme temprano a enviar la carta a la tía Lynette; a pesar del riesgo que suponía cruzar el umbral de mi casa en plena guerra.
Volví a casa sin un sólo rasguño superficial, pero mi corazón estaba destrozado. Sentía que una aplastante oscuridad de adueñaba de mi y yo no podía hacer absolutamente nada al respecto. En cuanto a mi madre, no mejoro en lo más mínimo. Cada día se le veía más frágil; y yo estaba sumamente frustrada ya que no podía ayudarla hiciese lo que hiciese e intentase lo que intentase. Trataba de leerle en voz baja por las noches, para que por lo menos se sintiera feliz, tranquila. Pero ya nada funcionaba con ella; lo único que al notarlo me sorprendió de verdad fue que a sus ojos no los había abandonado aquella vivacidad familiar e incomprencible al mismo tiempo.
Intentaba que ella no me viera llorar, que no supiera lo desesperada que me sentía para que así ella no tuviera que cargar con su sufrimiento (que ya era bastante) y con el mío. De repente el mes de agosto había llegado, y con él la respuesta de la carta a la tía Lynette. Había pasado casi un mes y medio desde que la había enviado -yo tenía la esperanza de que no quisiera contestar-. Cuendo encontré el sobre en el felpudo de la puerta principal me dio un vuelco el corazón; pues imaginé que sería la respuesta de mi padre y corrí para leer el contenido de la carta. Me llevé una de las decepsiones más grandes que había sentido cuando me di cuenta de que el remitente de la carta no decía: Nicholas Donovan sino Lynette, sólo Lynette. No había colocado su apellido, pero inmediatamente supe que se trataba de mi "tía". Leí:

"Querida Elizabeth,
Realmente me tiene muy triste que estes tan enferma, tuve que asimilarlo antes de responder, por eso tardé tanto. ¡Oh mi querida niña! Que horrible pesadilla te ha tocado vivir... Con gusto acogeré a tu pequeña hija en mi hogar y la trataré como a una hija propia. Vivirá aquí el tiempo que sea necesario, por eso no te preocupes. Mañana mismo ordenaré a uno de mis sirvientes que le prepare una habitación para estar preparada para su llegada, aunque guardo la esperanza de que no tenga que venir aquí y que tú te mejores pronto.
En cuanto a cómo debe ella venir a mi casa, en otro papel adjunté mi dirección y algunas instrucciones que facilitarán su llegada. Espero realmente que mejores mi niña...
Besos, Lynette"

Para mis adentros pensé: "Esta tal Lynette ha de tener mucho dinero para tener sirvientes incluso en tiempos de guerra. Y digo siervienteS porque en la carta había puesto uno de ellos" ¿Como sería aquel lugar? ¿Habría demasiadas normas? ¿Podría yo divertirme?Un millón de pensamientos como este cruzaron mi mente en tan sólo segundos. Subí lentamente las escaleras para informarle a mi madre que la "tía Lynette" había enviado una carta. Pareció muy aliviada cuando le leí la respuesta afirmativa de mi tía a que me quedara a vivir con ella. Ese extraño brillo en sus ojos se acrecentó. Aquel día su salud se fue en picada. Quizás fuera que sólo estaba esperando la respuesta de mi tía para dejar que su enfermedad se la llevara al otro mundo; pues esa noche, esa terrible noche que vivirá en mi memoria hasta el día de mi muerte mi madre falleció...
Por lo menos sabía que no había sufrido en lo absoluto, pues yo me fui a dormir y al día siguiente me levante para prepararle el desayuno. Cuando entré en su habitación su semblante estaba tranquilo y ella estaba inmóvil y fría.
Me sorprendí mucho cuando al darme cuenta que estaba muerta no me desesperé como había imaginado que me desesperaría; más bien me sentí feliz por ella pues ahora estaba con mi hermano y el dolor ya no la seguiría atormentando. Derramé tan sólo unas cuantas lágrimas, y no quise abandonar mi casa hasta una semana después de su muerte. Envié la carta a la tía Lynette informandole de la muerte de mi madre y que me pondría en camino a París en un par de días. No tomé muchas de mis pertenencias, sólo lo escencial pues no quería ir muy cargada. Estaba esperando la respuesta de mi tía para poder partir, pero cuando llegó porfin, fue cuando realmente asimilé que mi madre había muerto, que abandonaría mi hogar, que viviría con alguien a quien ni siquiera conozco, que mi padre quizás no volviera y que seguramente, en Paris, sufriría...
No había sentido nada hasta ese momento, pero aquel día sentí que caía por un abismo y que esa misma oscuridad aplastante que había sentido un tiempo atrás llenaba mi cuerpo y recorría mis venas dejando una extraña sensación en la boca del estómago. Lloré demasiado ese día, lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Esa extraña oscuridad no abandonaba mi cuerpo y poco a poco tuve que ir acostumbrandome a ella. Sentí que en aquel momento todo había terminado, que ya no me quedaba nada, que estaba de mi cuenta. Fue una sensación horrible que jamás olvidaré y en mi mente solo cabía una frase: "Todo terminó"

martes, 4 de mayo de 2010

Cap. 4 La carta

Al día siguiente, me despertó la luz del sol, que ya era tan intensa que había pasado incluso a través de las cortinas de mi cama. Traté de levantarme y parpadeé un par de veces –la brillante luz me molestaba en los ojos.- Fui a la habitación de mi madre a verificar como se encontraba, y no me sorprendí cuando entre y la encontré tosiendo fuertemente de nuevo. Baje a la cocina y comencé a preparar el desayuno, una rápida ojeada al reloj me hizo caer en cuenta de que ya era la una de la tarde ¡Oh por Dios! ¿¡Cuánto tiempo había estado mi madre sin comer!? Terminé de cocinar lo más rápido que pude y casi subí corriendo las escaleras para llevarle a mamá el desayuno. Se lo comió muy lentamente mientras yo no dejaba de disculparme por lo irresponsable que había sido, por haberla dejado pasar hambre, sobre todo en tal estado; y por primera vez en semanas me habló directamente y mirándome a los ojos…
-N-no te preocupes hi-hija… Un error lo comete cu-cualquiera. –me dijo con voz entrecortada que delataba que estaba realmente mal, pero en sus ojos, esos ojos increíblemente iguales a los míos, logré ver esa chispa, ese brillo tan especial y único que su mirada solía tener.
Pasé el resto del día leyéndole lindas historias que ella me leía cuando yo era pequeña para que pudiera dormir. Ella no habló mucho, la verdad es que no mencionó ni una sola palabra el resto del día; pero ese brillo, esa chispa tan familiar y al mismo tiempo tan extraña no abandonó sus ojos ni un momento.
Aquella noche me fui a dormir tranquila, y la chispa de esperanza que había escondido en mi interior creció, y me hizo sentir un calor en el pecho. Creo que ese día sentí que muy pronto todo acabaría, que pronto todo sería como antes… Soñé cosas hermosas esa noche, y el calor en mi pecho se hacía mas intenso a medida que iba avanzando la noche. Dormí profunda y cómodamente, sin ninguna preocupación en la mente por primera vez en semanas.
Me desperté muy temprano al otro día, saludé a mi madre y bajé a preparar lo que comeríamos. Subí a su habitación y le llevé la comida, que ella se comió despacio. Me senté a su lado y me di cuenta de que ese brillo de su mirada no se había ido por la noche, que eso que vi en sus ojos el día anterior, seguía allí; pero también note que desentonaba un poco con el resto de su cuerpo que se veía sumamente pálido y débil. Esa vivacidad en sus ojos se limitó a llenar su mirada, pues todo lo demás seguía tan débil como lo había estado desde hacía unas cuantas semanas.
De pronto ella tosió provocando un ruido que me hizo poner de nuevo los pies en la tierra. Me miró profundamente por un largo tiempo y después de algunos minutos hizo ademán de levantarse, pero cuando se dio cuenta de que no era capaz de hacerlo señaló la gaveta se su mesita de noche y yo la abrí. Adentro había solo un papel doblado que ella insinuó con muecas que yo abriera. Lo abrí y leí:
“Querida tía Lynette, –decía con letra desigual debido a la debilidad de sus manos-
Quería o mas bien debía informarte que me encuentro muy enferma y que no creo que pueda salir de esta. No se si recuerdes que tenía dos hijos: Andrew y Elizabeth. Andrew se marchó a la guerra y hace algo más de un año falleció. Mi esposo Nicholas se fue también alrededor de un año atrás (no he tenido noticias de su muerte, así que estoy casi segura de que sigue con vida) Elizabeth ya tiene casi diecisiete años y ha sido muy buena enfermera mientras he estado enferma; pero me temo que no creo que me quede mucho tiempo, y no puedo dejar a mi hija sola y desprotegida en un momento de guerra como este. Necesito que me hagas un gigantesco favor tía, cuando yo muera Elizabeth te mandará una carta y te pido encarecidamente que la acojas en tu hogar, que le permitas vivir contigo hasta que su padre vuelva. ¡Por favor tía! Se que no hemos tenido contacto en los últimos años, pero esto es de suma importancia y se que no dejaras que mi hija se quede sola. Espero tu respuesta.
Cariños, Elizabeth”
Terminé de leer la carta y me di cuenta de que algunas lágrimas habían caído en el papel haciendo difícil entender algunas letras. Levanté la vista y me di cuenta de que mi madre me miraba con ojos de disculpa. Yo ni siquiera recordaba a esa tal tía Lynette; no sabía que tenía yo que ver con ella y de un momento a otro me iba a mudar a su casa, abandonando así todo recuerdo de mi familia y de mi niñez.
-¡Mamá no me hagas esto! Sigue luchando por favor. ¡Te lo ruego! No te mueras madre, no me dejes sola.
Pero no había nada que hacer, ella había tomado una decisión y yo no la haría cambiar de parecer.
Hablamos poco rato (lo que su frágil cuerpo pudo soportar) y me explicó que su tía era una hermana de su madre -mi abuela- a la cual yo nunca había podido conocer. Me hizo prometer que enviaría esa carta y que cuando ella muriera le informaría a “mi tía” lo que había ocurrido y que me iría a su casa. Me dijo que vivía en Paris y que para llegar allá yo debía tomar un tren. La verdad es que no tenía ganas de discutir con mi frágil madre, así que traté de asentir a todo lo que decía mientras dejaba que las lágrimas corrieran por mis mejillas y murieran en mis labios…

Cap. 3 Y conmigo... ¿Que pasará?

Después del incidente de las bombas, la salud de mi madre no mejoró para nada; es más, iba empeorando, cada vez se le veía peor... Y así fue como sin previo aviso, otra catástrofe golpeó mi vida; pero esta vez había sido un golpe muy bajo. Mi mamá era lo único que me quedaba y, a demás, era la persona a quien más amaba en el mundo. Para mi, las madres son lo más importante en la vida de una niña; quiero decir, de ellas aprendemos lo necesario para defendernos en este mundo cruel e indiferente, en ellas nos apoyamos cuando creemos que vamos a tropezar, ellas nos dan los mejores consejos cuando se los pides y cuando no los solicitas también. A demás, cargaron con nosotros en su vientre por nueve largos meses, nos dieron la vida y luego se aseguraron de que no nos faltara nada, de que comiéramos bien, durmiéramos en una cama decente, tuviéramos un buen techo, aunque eso significara tener que trabajar hasta el cansancio.
Traté de no profundizar mucho en ese tema, no quería estar triste; pues yo debía “intentar ser fuerte” para ella. Cada día trataba de subirle el ánimo, de hablar con ella, a ver si así su salud volvía y que todo fuera como antes. Para ser sinceros, siempre guardé la esperanza de que se recuperaría, de que superaría esto y podríamos esperar juntas a mi padre; pero esto no pasó…
Como estábamos en plena Segunda Guerra Mundial, no había médicos que se atrevieran a traspasar la seguridad de sus hogares para ir a ver gente enferma, para ellos ¿que más daba una muerte más con todas las que se contaban en esos días? Aunque de todos modos, de haber conseguido un buen doctor que viniera a ver a mi mamá, ella no hubiera dejado ni siquiera que la viera pues, como dije antes, era muy terca.
Estaba tan mal que a veces, cuando la fiebre era muy alta, comenzaba a alucinar. Llamaba a mi hermano y a mi padre y les hablaba como si ellos se encontraran allí. Mi hermano Andrew no hubiera soportado ver a mi madre en tal estado, hubiese sido demasiado para él saber todo lo que estaba sufriendo. En ese momento pensé que quizás era lo mejor que hubiera muerto. Se que es un pensamiento un poco extraño –no era que me alegrara que hubiera fallecido, en lo absoluto- pero al saber que mi madre estaba así hubiera sufrido tanto que tal vez él también se hubiera enfermado.
Un día de junio, cuando el sol inclemente calentaba a todo dar, mi madre tuvo una terrible recaída. Después de ese terrible día mi mamá casi ni podía levantarse de su cama. Yo tenía que cocinar, lavar, limpiar y hacer todas las tareas que una madre comúnmente hace, pero -igual que con mi plan de “intento ser fuerte”- no me importaba lo que debía ser, sólo que ella se sintiera lo más a gusto posible.
Así pasaron los días y su salud no daba muestras de querer recuperarse, llego un momento que ya ni siquiera hablaba; hasta que un día la oí decir:
-¿Andrew, Nicholas? ¿Son ustedes?- decía llamando a mi padre y a mi hermano y mirando al espacio- ¡Que bueno que han vuelto! Elizabeth y yo hemos estado esperándolos demasiado tiempo. Creíamos que ya no regresarían ¡Qué alegría verlos de nuevo!
En ese momento me di cuenta de tres cosas: 1 Mi mamá no se iba a recuperar. 2 Si necesitaba irse, esperaba que fuera pronto, para que su dolor cesara. 3 Si estaba hablando con mi padre, ¿seria acaso que había muerto? ¿Habría perdido otro miembro de mi familia y no me había enterado? Quizás por eso no había recibido respuesta a la carta que envié hacía ya dos meses…
Ese pensamiento no había cruzado por mi mente. <<¡Bah! No te pongas ridícula Elizabeth, el está bien. Tal vez sólo esté ocupado>> Traté de que ese pensamiento llenara mi mente e intente no volver a plantearme el asunto…
Nunca me había puesto a pensar en qué pasaría si mi madre llegara a morir; que yo supiera, no tenía ninguna otra familia a demás de ella –exceptuando, claro, a mi padre y a mi hermano- Si me ponía a considerar con quién podría quedarme hasta que mi padre volviera , no lograba recordar a nadie. No tenía tíos o tías, ya que mis dos padres eran hijos únicos. Mi abuela materna había muerto años atrás, antes de comenzar la guerra y mi abuela paterna había muerto al dar a luz a mi padre; así que no tenía nadie con quien estar. Supuse que aún en tiempos de guerra los orfanatos seguían funcionando. Quizás en un futuro cercano, una de estas instituciones sería mi hogar. Esta idea, para mi sorpresa, no me intimidó ni logro asustarme en lo más mínimo. Tal vez fue porque en algún rincón de mi corazón, había todavía una chispa de esperanza por que mi madre se recuperara; o quizás fuera sólo que sabía que mi padre algún día volvería y que no viviría así para siempre.
Aquel día pasó muy rápido, cuando fui a ver que hora era, me di cuenta de que ya se había hecho tarde y de que tenía bastante sueño… Así que me fui a mi habitación a intentar dormir; me desvestí, me coloqué mi pijama preferido, corrí las cortinas de mi cama de dosel y me metí entre las gruesas y olorosas sábanas, intentando no pensar…
Comencé a dar vueltas sobre el colchón, no podía evitar que mi mente se trasladara a la alcoba de mi madre, donde quizás ella estuviera sufriendo. Esa noche me costo bastante dormir, pensé en mi madre, mi padre, mi hermano… Tampoco podía dejar de pensar en que sería de mí si mi madre llegara a morir -bostecé y me di vuelta- No, no me iba a preocupar por eso… No iba a imponerle una sentencia de muerte a mi propia madre, tal vez llegara a recuperarse… Quizás, sólo quizás… -bostecé por última vez y quede totalmente sumida en el mundo de los sueños, mecida en los brazos de Morfeo-

lunes, 3 de mayo de 2010

Cap. 2- Conclusiones equivocadas

Después de aquel día, sentí que la relación entre mi mamá y yo (que siempre había sido muy especial) había cambiado por completo. Creí que ya no se guardaba nada para ella misma, que se desahogaba conmigo…
Quizás fue una inmadurez de mi parte pensar que ella, una mujer adulta, le contaría todo a una niña que apenas comenzaba a vivir, que no tenía ninguna experiencia dando consejos o ayudando a la gente con problemas que, para colmo, no eran pequeños en lo más mínimo –la muerte de un hijo y la ausencia de un esposo no era el concepto que yo tenía de “problema pequeño”- pero, tal vez por estas mismas razones (la inexperiencia y demás) pensé que sabía todo acerca de su sufrimiento, acerca de lo que ella sentía.
Después de algún tiempo descubrí, para mi desgracia, que no era así. Un día quise hablar con ella para continuar con mi plan de “intento ser fuerte”-eso nunca cambió, siempre tuve la intención de que ella pensara que yo estaba bien pasara lo que pasara- pero cuando me dirigí hacia su habitación vi que la puerta estaba cerrada, y esto me pareció tan extraño que la abrí para ver que pasaba.
Cuando abrí la puerta me di cuenta de que hubiera querido no hacerlo, encontré a mi madre tendida en su cama llorando amargamente y tosiendo de una manera inhumana, parecían los quejidos de un animal sollozante que se encontraba al borde de la muerte. Me asusté, realmente me asusté mucho; pero no podía dejarla sola en ese estado y menos si ella no pensaba comentárselo a nadie y sufrir en soledad –en ese momento me di cuenta que llevaba demasiado tiempo sufriendo sola, sin compañía de nadie y que quizás eso había sido lo que había causado el deterioro de su salud en un lapso de tiempo tan corto-. Carraspeé un poco para hacerle notar que estaba allí y ella, como había imaginado, intento levantarse y dejar de llorar, pero cuando intentó contener la tos se dio cuenta de que no podía más; se tendió de nuevo en su cama y me miro con ojos ojerosos…
-¡Oh querida! Que desdicha que me hayas encontrado en tal estado… No tienes por qué preocuparte, yo estoy bien; tan sólo que he estado muy cansada últimamente y necesitaba descansar.- Observó la expresión de incredulidad en mi rostro y agrego:- De verdad, estoy bien. Todo el polvo que levantan esos infernales aviones me ha causado una alergia, y ya sabes que me pasa cuando me ataca una de esas alergias; es tan solo algo pasajero, ya veras.
No esperé a que siguiera inventando malas excusas y me marché molesta, en parte con mi madre y por otra parte conmigo misma. Nunca llegué a saber con certeza que me molestó de mi misma en aquel momento, tal vez había sido lo incrédula que fui al pensar que mi madre confiaba en mi o quizás tan sólo fue la rabia que lo invade a uno cuando le mienten de esa forma tan descarada.
Ya en mi habitación, me recosté de mi cama de dosel y mire las paredes, que habían sido pintadas por mi padre ya bastante tiempo atrás de un color rosa pálido que me hacía recordar mi niñez. Recorrí mi dormitorio con la mirada, todo estaba igual a cuando él lo había dejado; excepto tal vez, que la enorme ventana que estaba en la pared lateral, donde yo solía apoyarme y mirar hacia abajo a las distintas personas que pasaban por la calle, estaba ahora tapeada con tablas, ni siquiera un juguetón rayo de sol hubiera logrado colarse por ahí. Y de repente sucedió…
Ese ruido al que tanto le temía, aquel que tanto había esperado no volver a oír, llenó con estrépito mi habitación sacándome por completo de mis divagaciones. Una bomba había caído muy cerca de mi hogar; y si habían lanzado una los despiadados soldados del ejército enemigo, no pensarían dos veces para arrojar una segunda…
Salí corriendo al dormitorio de mi madre y con cuidado la ayude a bajar por las escaleras y nos escondimos en el refugio que habíamos construido cuando se inició la guerra, en el patio trasero de la casa. Entramos por la portezuela que habíamos instalado y bajamos unos cuantos escaloncitos hacia una pequeña estancia en donde había solamente una camita y una alacena repleta de comida de larga duración. Hasta ese momento sólo habíamos entrado a nuestro pequeño refugio en una ocasión, cuando hace algún tiempo una bomba cayó en el jardín de un vecino dos casas más allá de la nuestra. Tenía la ligera sospecha de que tendríamos que pasar ahí la noche y, como si mis palabras hubieran sido órdenes, de pronto un gran estrépito se oyó en el saloncito. Y esa no fue la última bomba que lanzaron aquel día. Alrededor de tres bombas más se hicieron escuchar a través de las paredes. Mi madre, que estaba muy débil, se recostó en la cama dejándome un espacio junto a ella. Me acosté a su lado e inmediatamente ella se quedo dormida. Al contrario, yo no pude dormir esa noche; allí en esa pequeña estancia me di cuenta de cuan deteriorada estaba la salud de mi madre y de que, de no ser tratado pronto, podría… no quería pensarlo siquiera, ella podría morir… De tan sólo pensarlo se me hizo un nudo en la garganta y sentí una extraña sensación en el centro de mi pecho; era algo así como si alguien intentara arrancarme el corazón a pedazos.

Cap. 1 "Intento ser fuerte..."

-“Querido Papá, no te imaginas todo lo que ha ocurrido desde que te marchaste… Todo es ahora muy diferente. La Guerra lo ha cambiado todo, y cuando digo todo, en verdad me refiero a todo. Mamá está todo el tiempo muy nerviosa y no permite ni siquiera que me pasee por la casa. Londres, tampoco es la misma ahora: todos los paisajes y las hermosas flores, la gente, la alegría que solía rodearnos, ya no está. Esto ha sido de verdad terrible, aunque, estoy segura de que no es necesario decírtelo. Seguramente la estas pasando realmente mal… ¡Oh Papa! ¡Cómo te extraño! No te imaginas cuánto… Aguardo con ansias el momento de poder abrazarte de nuevo… ¿No tienes idea de cuando regresas? Si fuera así, ¿enviarás una carta avisándome cuándo? Espero tu respuesta.
Te quiere, Elizabeth.”

Dejé de un lado la hoja y la pluma, rebusqué entre mis cosas un sobre y guardé la valiosa carta. Hacía ya un año desde que mi padre había tenido que irse a luchar a la guerra. Un año… Sin sus caricias, sin siquiera oír una vez su voz… En fin, intenté no pensar mucho en ello, pues no quería deprimirme. Debía ser fuerte para mi madre. Debía estar ahí para ella cuando me necesitara. Sé que debería ser al revés, ella debería preocuparse por no estar triste para mi, pero tantas cosas le habían ocurrido desde que llegó la carta donde se nos informó la muerte de mi hermano mayor que también había ido a pelear, que en ese momento no me importaba lo que debía ser, si no, como dije antes, estar ahí para ella.
Cuando llegó esa carta, la vida dio un giro brusco e inesperado, pues, el había ido para evitar que tuviera que ir mi padre, que estaba ya mayor para luchar. Debía ir a la guerra un hombre por cada familia inglesa del país; y valientemente, mi hermano se marcho sin dudarlo un segundo, sin mirar atras... Al morir el susodicho, mi padre se enlistó en el ejército; porque, aunque ya no era necesario que se marchara, quería luchar, ayudar a detener esta horrible guerra, para que la muerte de mi hermano, su primogénito, no hubiera sido en vano. Desde que papá se fue, la salud de mi madre empezó a deteriorarse. Eran tantas cosas en tan poco tiempo…
Yo era la única familia que le quedaba ahora. Y ella me necesitaba fuerte. Aunque yo sólo fuera una niña de dieciséis años que, en circunstancias normales, no debía tener más preocupaciones que aprobar en la escuela, ahora me encontraba ante una difícil situación: la separación de mi familia. Mi hermano había sido mientras estaba vivo, mi mejor amigo. Pero el ya no estaba… Mi padre siempre fue mi soporte, mi inspiración, mi razón para continuar… Pero el estaba lejos. Mi madre, en cambio, era más bien mi confidente, mi modelo a seguir. Yo quería ser un día como ella, y la verdad era que el parecido entre nosotras era bastante notable. No sólo en lo personal, sino que también nos parecíamos mucho físicamente. Ambas teníamos una hermosa cabellera dorada llena de rizos y unos enormes ojos verdes que parecían un par de esmeraldas. En cuanto a lo interior, las dos éramos tímidas, pero no lo suficiente para dejar de hacer valer nuestros derechos, también éramos honestas e indudablemente tercas… Su nombre era Elizabeth, yo también me llamaba así. Era una especie de tradición familiar, mi abuela también tenía ese nombre.
De pronto, la puerta de mi habitación se abrió provocando un ruido que me hizo salir del mar de mis pensamientos. Era mi madre, con esa sonrisa forzada que tenía ya desde hace tiempo.
-¿Tienes hambre, hija? -preguntó cariñosa- Creo que aún queda algo de comer en la alacena.
-No gracias, mamá. No tengo hambre- Esa había sido mi respuesta a esa pregunta desde hacía dos días, y ella notó algo en el tono de mi voz al decir esto que quizás despertó sus instintos maternos, pues se sentó a mi lado y habló con voz suave:
-Elizabeth, tienes que comer, no te puedes matar así de hambre. ¿Qué te ocurre últimamente hija? Tus ojos no tienen ese brillo que tanto te caracteriza. ¿Qué diría tu padre si viera a “la niña de sus ojos” tan triste?- Sonrió, y la chispa que brotaba de sus ojos (iguales a los míos) cada vez que hablaba de mi padre le iluminó el semblante- Vamos, sonríe.- Yo traté de animarme, mi plan de ser fuerte y estar ahí para ella no estaba funcionando como me hubiera gustado los últimos días.
La mire con cariño, trate de erguirme y una bien fingida sonrisa curvó mis labios. Le tomé la mano y mirándola lo más sinceramente que pude, le dije:
-Tienes razón, mamá. Es sólo que en estos días he recordado mucho a mi padre; pero te aseguro que estoy bien. ¡Vamos! Bajemos a la cocina y comamos juntas.- Ella no pareció darse cuenta de que tan sólo intentaba animarla, pues se puso en seguida muy contenta y bajamos juntas y tomadas de la mano a la planta baja.
Ya en la cocina comenzamos a hablar, hablamos realmente mucho ese día. Hacía tiempo ya desde la última vez que conversamos tanto.
Comenzamos a recordar a mi hermano y todos los momentos que vivimos juntos. También, pensábamos en mi padre y recordábamos todas esas ocasiones en que nos hizo reír. Para ser sinceros, estábamos recordando los momentos en que éramos felices, cuando todo estaba bien, cuando no había guerra, cuando estabamos todos juntos...
Intenté enjuagarme los ojos sin que mi madre notara las lágrimas que corrían por mis mejillas, pero me conocía demasiado bien.
-No está mal llorar Elizabeth, es la única forma que tenemos de expresar realmente lo que sentimos, todos lloramos a veces.- dijo mi madre intentando no llorar conmigo.
Después de este breve suceso que casi había logrado por completo destruir mis planes de "intentar ser fuerte", continuamos hablando y, algunas veces, lloramos juntas. En ese momento me di cuenta que esta bien llorar a veces, que uno no puede intentar ser de roca y guardar bajo llave todo lo que sentimos, pues eso poco a poco nos iba comiendo por dentro, nos iba enfermando; aunque si soy sincera; me di cuenta que no expresar lo que se siente te enferma, mucho después, quizás, demasiado después...

¡Cuidado! Oh, bueno, puedes ver que hará^^

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