martes, 4 de mayo de 2010

Cap. 4 La carta

Al día siguiente, me despertó la luz del sol, que ya era tan intensa que había pasado incluso a través de las cortinas de mi cama. Traté de levantarme y parpadeé un par de veces –la brillante luz me molestaba en los ojos.- Fui a la habitación de mi madre a verificar como se encontraba, y no me sorprendí cuando entre y la encontré tosiendo fuertemente de nuevo. Baje a la cocina y comencé a preparar el desayuno, una rápida ojeada al reloj me hizo caer en cuenta de que ya era la una de la tarde ¡Oh por Dios! ¿¡Cuánto tiempo había estado mi madre sin comer!? Terminé de cocinar lo más rápido que pude y casi subí corriendo las escaleras para llevarle a mamá el desayuno. Se lo comió muy lentamente mientras yo no dejaba de disculparme por lo irresponsable que había sido, por haberla dejado pasar hambre, sobre todo en tal estado; y por primera vez en semanas me habló directamente y mirándome a los ojos…
-N-no te preocupes hi-hija… Un error lo comete cu-cualquiera. –me dijo con voz entrecortada que delataba que estaba realmente mal, pero en sus ojos, esos ojos increíblemente iguales a los míos, logré ver esa chispa, ese brillo tan especial y único que su mirada solía tener.
Pasé el resto del día leyéndole lindas historias que ella me leía cuando yo era pequeña para que pudiera dormir. Ella no habló mucho, la verdad es que no mencionó ni una sola palabra el resto del día; pero ese brillo, esa chispa tan familiar y al mismo tiempo tan extraña no abandonó sus ojos ni un momento.
Aquella noche me fui a dormir tranquila, y la chispa de esperanza que había escondido en mi interior creció, y me hizo sentir un calor en el pecho. Creo que ese día sentí que muy pronto todo acabaría, que pronto todo sería como antes… Soñé cosas hermosas esa noche, y el calor en mi pecho se hacía mas intenso a medida que iba avanzando la noche. Dormí profunda y cómodamente, sin ninguna preocupación en la mente por primera vez en semanas.
Me desperté muy temprano al otro día, saludé a mi madre y bajé a preparar lo que comeríamos. Subí a su habitación y le llevé la comida, que ella se comió despacio. Me senté a su lado y me di cuenta de que ese brillo de su mirada no se había ido por la noche, que eso que vi en sus ojos el día anterior, seguía allí; pero también note que desentonaba un poco con el resto de su cuerpo que se veía sumamente pálido y débil. Esa vivacidad en sus ojos se limitó a llenar su mirada, pues todo lo demás seguía tan débil como lo había estado desde hacía unas cuantas semanas.
De pronto ella tosió provocando un ruido que me hizo poner de nuevo los pies en la tierra. Me miró profundamente por un largo tiempo y después de algunos minutos hizo ademán de levantarse, pero cuando se dio cuenta de que no era capaz de hacerlo señaló la gaveta se su mesita de noche y yo la abrí. Adentro había solo un papel doblado que ella insinuó con muecas que yo abriera. Lo abrí y leí:
“Querida tía Lynette, –decía con letra desigual debido a la debilidad de sus manos-
Quería o mas bien debía informarte que me encuentro muy enferma y que no creo que pueda salir de esta. No se si recuerdes que tenía dos hijos: Andrew y Elizabeth. Andrew se marchó a la guerra y hace algo más de un año falleció. Mi esposo Nicholas se fue también alrededor de un año atrás (no he tenido noticias de su muerte, así que estoy casi segura de que sigue con vida) Elizabeth ya tiene casi diecisiete años y ha sido muy buena enfermera mientras he estado enferma; pero me temo que no creo que me quede mucho tiempo, y no puedo dejar a mi hija sola y desprotegida en un momento de guerra como este. Necesito que me hagas un gigantesco favor tía, cuando yo muera Elizabeth te mandará una carta y te pido encarecidamente que la acojas en tu hogar, que le permitas vivir contigo hasta que su padre vuelva. ¡Por favor tía! Se que no hemos tenido contacto en los últimos años, pero esto es de suma importancia y se que no dejaras que mi hija se quede sola. Espero tu respuesta.
Cariños, Elizabeth”
Terminé de leer la carta y me di cuenta de que algunas lágrimas habían caído en el papel haciendo difícil entender algunas letras. Levanté la vista y me di cuenta de que mi madre me miraba con ojos de disculpa. Yo ni siquiera recordaba a esa tal tía Lynette; no sabía que tenía yo que ver con ella y de un momento a otro me iba a mudar a su casa, abandonando así todo recuerdo de mi familia y de mi niñez.
-¡Mamá no me hagas esto! Sigue luchando por favor. ¡Te lo ruego! No te mueras madre, no me dejes sola.
Pero no había nada que hacer, ella había tomado una decisión y yo no la haría cambiar de parecer.
Hablamos poco rato (lo que su frágil cuerpo pudo soportar) y me explicó que su tía era una hermana de su madre -mi abuela- a la cual yo nunca había podido conocer. Me hizo prometer que enviaría esa carta y que cuando ella muriera le informaría a “mi tía” lo que había ocurrido y que me iría a su casa. Me dijo que vivía en Paris y que para llegar allá yo debía tomar un tren. La verdad es que no tenía ganas de discutir con mi frágil madre, así que traté de asentir a todo lo que decía mientras dejaba que las lágrimas corrieran por mis mejillas y murieran en mis labios…

1 motivos para escribir(::

Ariusk dijo...

Insisto linda escribes muy bien, usas lindamente las palabras!! Pobre Elizabeth de verdad q me duele al imaginarme todo eso q a sufrido!! ahora ya practicamente se queda sin mama!! pero bueno me paso al siguiente!!

Publicar un comentario

Hola(: comenta lo que quieras, tu opinión siempre será importante y tomada en cuenta :D

¡Cuidado! Oh, bueno, puedes ver que hará^^

El botón que no hace nada El botón que no hace nada