martes, 4 de mayo de 2010

Cap. 3 Y conmigo... ¿Que pasará?

Después del incidente de las bombas, la salud de mi madre no mejoró para nada; es más, iba empeorando, cada vez se le veía peor... Y así fue como sin previo aviso, otra catástrofe golpeó mi vida; pero esta vez había sido un golpe muy bajo. Mi mamá era lo único que me quedaba y, a demás, era la persona a quien más amaba en el mundo. Para mi, las madres son lo más importante en la vida de una niña; quiero decir, de ellas aprendemos lo necesario para defendernos en este mundo cruel e indiferente, en ellas nos apoyamos cuando creemos que vamos a tropezar, ellas nos dan los mejores consejos cuando se los pides y cuando no los solicitas también. A demás, cargaron con nosotros en su vientre por nueve largos meses, nos dieron la vida y luego se aseguraron de que no nos faltara nada, de que comiéramos bien, durmiéramos en una cama decente, tuviéramos un buen techo, aunque eso significara tener que trabajar hasta el cansancio.
Traté de no profundizar mucho en ese tema, no quería estar triste; pues yo debía “intentar ser fuerte” para ella. Cada día trataba de subirle el ánimo, de hablar con ella, a ver si así su salud volvía y que todo fuera como antes. Para ser sinceros, siempre guardé la esperanza de que se recuperaría, de que superaría esto y podríamos esperar juntas a mi padre; pero esto no pasó…
Como estábamos en plena Segunda Guerra Mundial, no había médicos que se atrevieran a traspasar la seguridad de sus hogares para ir a ver gente enferma, para ellos ¿que más daba una muerte más con todas las que se contaban en esos días? Aunque de todos modos, de haber conseguido un buen doctor que viniera a ver a mi mamá, ella no hubiera dejado ni siquiera que la viera pues, como dije antes, era muy terca.
Estaba tan mal que a veces, cuando la fiebre era muy alta, comenzaba a alucinar. Llamaba a mi hermano y a mi padre y les hablaba como si ellos se encontraran allí. Mi hermano Andrew no hubiera soportado ver a mi madre en tal estado, hubiese sido demasiado para él saber todo lo que estaba sufriendo. En ese momento pensé que quizás era lo mejor que hubiera muerto. Se que es un pensamiento un poco extraño –no era que me alegrara que hubiera fallecido, en lo absoluto- pero al saber que mi madre estaba así hubiera sufrido tanto que tal vez él también se hubiera enfermado.
Un día de junio, cuando el sol inclemente calentaba a todo dar, mi madre tuvo una terrible recaída. Después de ese terrible día mi mamá casi ni podía levantarse de su cama. Yo tenía que cocinar, lavar, limpiar y hacer todas las tareas que una madre comúnmente hace, pero -igual que con mi plan de “intento ser fuerte”- no me importaba lo que debía ser, sólo que ella se sintiera lo más a gusto posible.
Así pasaron los días y su salud no daba muestras de querer recuperarse, llego un momento que ya ni siquiera hablaba; hasta que un día la oí decir:
-¿Andrew, Nicholas? ¿Son ustedes?- decía llamando a mi padre y a mi hermano y mirando al espacio- ¡Que bueno que han vuelto! Elizabeth y yo hemos estado esperándolos demasiado tiempo. Creíamos que ya no regresarían ¡Qué alegría verlos de nuevo!
En ese momento me di cuenta de tres cosas: 1 Mi mamá no se iba a recuperar. 2 Si necesitaba irse, esperaba que fuera pronto, para que su dolor cesara. 3 Si estaba hablando con mi padre, ¿seria acaso que había muerto? ¿Habría perdido otro miembro de mi familia y no me había enterado? Quizás por eso no había recibido respuesta a la carta que envié hacía ya dos meses…
Ese pensamiento no había cruzado por mi mente. <<¡Bah! No te pongas ridícula Elizabeth, el está bien. Tal vez sólo esté ocupado>> Traté de que ese pensamiento llenara mi mente e intente no volver a plantearme el asunto…
Nunca me había puesto a pensar en qué pasaría si mi madre llegara a morir; que yo supiera, no tenía ninguna otra familia a demás de ella –exceptuando, claro, a mi padre y a mi hermano- Si me ponía a considerar con quién podría quedarme hasta que mi padre volviera , no lograba recordar a nadie. No tenía tíos o tías, ya que mis dos padres eran hijos únicos. Mi abuela materna había muerto años atrás, antes de comenzar la guerra y mi abuela paterna había muerto al dar a luz a mi padre; así que no tenía nadie con quien estar. Supuse que aún en tiempos de guerra los orfanatos seguían funcionando. Quizás en un futuro cercano, una de estas instituciones sería mi hogar. Esta idea, para mi sorpresa, no me intimidó ni logro asustarme en lo más mínimo. Tal vez fue porque en algún rincón de mi corazón, había todavía una chispa de esperanza por que mi madre se recuperara; o quizás fuera sólo que sabía que mi padre algún día volvería y que no viviría así para siempre.
Aquel día pasó muy rápido, cuando fui a ver que hora era, me di cuenta de que ya se había hecho tarde y de que tenía bastante sueño… Así que me fui a mi habitación a intentar dormir; me desvestí, me coloqué mi pijama preferido, corrí las cortinas de mi cama de dosel y me metí entre las gruesas y olorosas sábanas, intentando no pensar…
Comencé a dar vueltas sobre el colchón, no podía evitar que mi mente se trasladara a la alcoba de mi madre, donde quizás ella estuviera sufriendo. Esa noche me costo bastante dormir, pensé en mi madre, mi padre, mi hermano… Tampoco podía dejar de pensar en que sería de mí si mi madre llegara a morir -bostecé y me di vuelta- No, no me iba a preocupar por eso… No iba a imponerle una sentencia de muerte a mi propia madre, tal vez llegara a recuperarse… Quizás, sólo quizás… -bostecé por última vez y quede totalmente sumida en el mundo de los sueños, mecida en los brazos de Morfeo-

1 motivos para escribir(::

Ariusk dijo...

Arggggg q lograstes q me diera un nudo en la garganta por la trsiteza al imaginarme q esa pudo facilmente ser la historia de muchas personas como Elizabeth en esa guerra horrible sigo leyendo linda ya me engancho!!! =)

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